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El cazador de osos

2009/03/23
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Eran las tres de la mañana y yo estaba en el bar de un hotel en Nassau escribiéndole correos electrónicos a una mujer hermosa y esquiva porque a mi habitación, una cabaña multicolor frente al mar, no llegaba la conexión de Internet. De pronto entró un hombre alto, canoso, en traje de baño y chancletas, y pidió con aire mandón que le sirvieran diez cervezas heladas. El recepcionista le dijo que el bar estaba cerrado. El hombre le habló como si fuera el dueño de ese hotel, de todos los hoteles de Nassau: –Toma este billete de cien dólares, abre el bar ahora mismo y tráeme las diez cervezas. El moreno cogió el billete y, temeroso, obedeció. El hombre me miró y me invitó a su mesa a tomar las diez cervezas. –No tomo, le dije. Me han operado del hígado. No puedo tomar alcohol. –No importa, dijo él. Acompáñame. No es bueno tomar solo. Me lo dijo con una mirada cínica, brillante, superior en todo sentido a mí. Me lo dijo con la autoridad de un hombre que sabía de la vida mucho más que yo. Y me lo dijo con un solo brazo, porque el otro no estaba más, era solo la manga arrugada de su camisa blanca. Por esas dos razones, porque advertí que era sobradamente más inteligente que yo y porque le faltaba un brazo, no dudé en coger mi laptop y mi Gatorade naranja y acompañarlo a la mesa de la terraza. El tipo se llamaba Tom, tenía cuarenta y ocho años, vivía entre Manhattan y Nassau, estaba casado, era padre de tres hijos pequeños y venía de pasar el domingo navegando, pescando, buceando, disparando arpones a los tiburones. Me quedó claro que Tom era un formidable hijo de puta, un cabrón tan listo como encantador, un sujeto con pocos escrúpulos que hacía exactamente lo que le daba la gana, aun cuando sus ganas pudieran estar reñidas con la ley. No me pareció pertinente preguntarle qué fue del brazo que le faltaba, dejé que las cervezas hablasen por él. Hablamos de Bernie Madoff. Me dijo que lo conoció el 2001 y que pelearon a gritos en la oficina de Madoff y le dijo en su cara que era “a crook, a swindler, a despicable thief”. Me dijo que la gigantesca estafa de Madoff y el colapso de Lehman Brothers habían jugado a su favor, porque él era dueño de un banco de inversiones en Manhattan y desde el 2000 había advertido a sus clientes que Madoff era un estafador refinado y peligroso y que Lehman y Merril Lynch se irían al carajo. Me dijo sonriendo que estos tiempos de crisis eran buenos para sus negocios porque la gente, asustada, le confiaba su dinero o lo poco que le quedaba de su dinero, él se había ganado esa confianza. Me quedó claro que Tom tenía más dinero que todas las personas que yo había conocido en mi vida. Me quedó claro que Tom era capaz de matar animales y sin duda también criaturas humanas. Tenía la mirada de un depredador. Ni los porros ni las rayas de cocaína ni las Heineken heladas debilitaban el poder alucinante de su perversa inteligencia. Lo que más le gustaba a Tom era cazar. Nada lo excitaba más que matar animales capaces de matarlo a él. No había gracia en dispararle a un venado, a un conejo, a un faisán. El morbo consistía en cazar a unos animales que, si fallabas, te cazarían a ti. Por eso había perdido el brazo izquierdo. Estaba cazando leones al norte de Zambia. Disparó y falló. Se arrojó al río Zambezi y se dejó arrastrar por la corriente. Un largo trecho más allá, fue sorprendido por un cocodrilo que le arrancó el brazo. Tom salvó la vida porque con el otro brazo le dio un golpe en los ojos al cocodrilo y lo ahuyentó. Salió del agua y vio una jauría de hienas riéndose ante el banquete seguro y, ya entregado a morirse, se desmayó. Cuando despertó, no estaban las hienas, había un búfalo tendido a pocos metros de él. Increíblemente, el búfalo había comprendido el peligro en que Tom se hallaba y se había instalado a su lado para espantar a las hienas que querían hacer un festín con su carne mutilada. Cualquiera dejaría de cazar si un cocodrilo le arrancara un brazo y un búfalo lo salvara de morir devorado por las hienas. Tom no era un tipo cualquiera. Tom era un formidable hijo de puta, uno de esos tipos tan brillantes que te hacen sentir una cucaracha. Tom era el tipo más listo, más cínico, más despiadado y perversamente divertido que he conocido. Le dije que mi padre también solía ir de caza y que hubiera podido ser su amigo. Me miró y no dijo nada, ni siquiera le interesó saber cómo había muerto mi padre, aspiró una raya más y me contó que ahora lo que más le gustaba era matar osos en British Columbia, donde había comprado miles de hectáreas. Ese tipo tenía que estar mal de la cabeza para cazar osos con un solo brazo. –Lo divertido de cazar osos es que no puedes matarlos nunca al primer disparo, me dijo. Y apenas sienten el primer balazo, vienen por ti. Tienes que seguir disparándoles. Debes apuntarles al pecho, porque si le apuntas a la cabeza es seguro que fallas, se mueven muy rápido y solo tienes unos pocos segundos para matarlo. No hace mucho le disparé con mi escopeta y el oso estaba a dos pasos y saqué una Beretta y descargué la pistola en el corazón del hijo de puta. Cayó muerto encima de mí. Casi me mata aplastado. Me quedé oliendo a sangre de oso una semana. Le dije que me parecía cruel matar osos. No le hizo gracia mi comentario. Me dijo que era necesario matar osos para preservar el equilibrio de los osos machos, pues si no mataba osos machos se mataban entre ellos, incluso entre padres e hijos, dispuestos a montarse a la hembra, aun si la hembra era también la madre. Le pregunté cómo distinguía a un oso macho de una hembra. Me dijo que por la altura, que los machos eran más altos. Le dije que estaba loco, más loco que mi padre, porque mi padre solo me había llevado a matar venados y pumas, nunca osos. Me dijo que dispararle a un animal que huye herido y no te ataca es una cobardía despreciable. El verdadero acto de valor consiste en dispararle a un animal que, herido, viene a despedazarte, dijo. Eran las cinco de la mañana y las olas lamían mansamente la playa del hotel de Nassau. Las diez botellas de cerveza estaban ya vacías y Tom no parecía dispuesto a irse a dormir, seguía fumando porros y aspirando rayas y animándome a bucear a las siete de la mañana, en apenas dos horas. Me dijo que después de matar a ese oso que le cayó encima, lo que ahora le disparaba la adrenalina era matar un tiburón, pero no desde un bote sino buceando, plantándole cara, disparándole varios arpones a pocos metros. La cosa era peligrosa porque tenía que ejecutarlo rápidamente, antes de que vinieran otros a vengar su muerte, y subir enseguida a la lancha. Tomé un poco de Gatorade naranja y le pregunté si había matado alguna vez a una criatura humana. –Todavía no, dijo, sonriendo con un brillo malicioso. Todavía no. Estoy esperando el momento. Se hizo un silencio. Luego añadió: –Debí haber matado a Bernie cuando estuve en su oficina, el muy hijo de puta. Le dije que mi padre siempre había tenido muchas pistolas y escopetas y se había preparado toda su vida para cuando entrasen los ladrones a la gran casa en la que vivíamos, había esperado ese momento con paciencia, el momento de vomitar una lluvia de plomo sobre los malhechores intrusos de madrugada, pero la única vez que se metieron a robar a la casa, mi padre no se despertó, nadie se despertó, los ladrones se llevaron toda la platería y nadie sintió nada, y esa rabia y esa frustración dejaron a mi padre algo más lisiado de lo que ya estaba, cómo diablos se habían metido los ladrones a su casa y él no se había despertado para darles una buena bienvenida con sus rifles y armas cortas, con su parada de viejo vaquero del oeste y su puntería entrenada en los mejores clubes de tiro. Tom se rió y luego se quedó callado, pidió a gritos más cerveza y confesó: –Una vez maté a un tipo. Pero no me hagas una sola pregunta. Me quedé en silencio y lo desobedecí: –¿Cuánto matas a alguien, te quedas con ganas de matar a alguien más? Me miró a los ojos como si estuviera mirando al oso abatido que caería sobre él y luego dijo, sonriendo con una extraña complicidad: –¿Cómo lo sabes? –Porque yo también maté a alguien –dije. A las siete de la mañana, Todd y yo estábamos buceando en el mar turquesa del Compass Point y yo sentía que mi padre estaba allí, buceando con nosotros.