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La casa de la calle Zeballos

2010/02/27
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Encontré unos apuntes con recuerdos del primer departamento que tuvo mi familia. Veníamos de una inmensa casa de tres patios, ocho habitaciones y dos terrazas que había construido mi abuelo materno y que, durante el invierno, era menos abrigada que la intemperie. El nuevo departamento, recién estrenado, tenía calefacción, con lo que mi padre pasó de almorzar con saco, corbata y chaleco a hacerlo, sobre todo, en mangas de camisa. Él era el más feliz. Yo extrañaba el barrio y toda la mitología que había creado en torno a esa casa en la que viví desde mi nacimiento hasta los 16 años. Tan fuerte era mi arraigo a aquellas viejas paredes que, hasta casi los 40, años todos mis sueños nocturnos o siesteros –o, al menos, lo que mi memoria recuperaba de ellos– transcurrían en el interior de la casona de la calle Zeballos. Aun hoy, escribir ese nombre no me deja totalmente indiferente. Guardé la enorme llave de la descomunal puerta de calle y, hasta que se vendió para ser demolida, la visité regularmente una vez por semana. Iba al viejo barrio a ver a los amigos y, en ocasiones, aprovechábamos para conversar en el interior de la vieja casona. A veces me paseaba solo pescando recuerdos y buscando alguna lágrima que hiciera más luminosa mi melancolía. Una tarde, leyendo a Víctor Hugo, me enteré de que “la melancolía es el placer de estar triste”. Me pareció, tan pronto evoque mis paseos solitarios en el interior de la casa abandonada, una definición perfecta. Mi tristeza era plácida, recogía voces del pasado, me permitía un soliloquio cargado de emociones que a esa edad, acababa de cumplir 17 años, era un vendaval. Plácido, emotivo, pero con una fuerza que arrancaba desde la raíz de sentimientos que pocas veces he vuelto a experimentar. Además de evocar el pasado, preveía el futuro y me veía comprando nuevamente la casa, restaurándola a la perfección y yendo a vivir allí con mi mujer, mis hijos y, a veces, cuando estaba generoso, con los hijos y las mujeres de mis hijos. En esas extrañas e irreemplazables tardes lograba sentir, a la querida casa de la calle Zeballos, tanto o más poblada que cuando realmente vivíamos allí. Estaba mi pasado con las personas amadas pero, también, mi futuro junto con las personas que algún día amaría. Todos, a su manera, tenían existencia propia y yo disfrutaba intensamente haciendo malabarismos con mi imaginación. Era el dueño absoluto de mis personajes y de mis deseos y, por lo tanto, dueño absoluto del pasado y del futuro. Un día, mi teatro de los sueños fue vendido y transformado en un depósito. No me rendí y me apostaba frente a la casa a esperar a que alguien abriera la puerta. Pensé pedir permiso para que me dejaran visitarla, pero no me atreví. Tampoco me atreví, hasta después de mucho tiempo, a visitar el desolado vacío que la había reemplazado. Hoy está intacta en mi memoria y, de vez en cuando, si es que tengo suerte, algún plácido sueño me permite visitarla.