Sábado 26 de mayo del 2012 | 19°
Hoy, sin maquillaje alguno, Carlos Álvarez no tiene problemas en admitir sus errores y -al igual que Alan García- la vida le ha dado una segunda oportunidad. Si en la política no hay cadáveres, en la televisión menos. Su ingreso a la TV es fortuito. En realidad, usted deseaba estudiar Derecho y ser un analista político. ¿Pero el humor no es acaso un análisis político? Por supuesto que sí. Hacer humor es hacer análisis político. A mí me sorprende, por ejemplo, que El especial del humor tenga mucha pegada en los niños, quienes se informan a través de él. Ellos no ven noticieros porque se aburren, pero cuando ven el programa saben qué ocurrió en la semana. ¿Y esa inclinación suya por el humor político tiene que ver con su niñez? En otras palabras, ¿su padre le hablaba mucho de política? Eso es muy interesante. Los hijos estábamos divididos así: con mi hermano menor, Arturo, mi padre hablaba de la vida, de las chicas; con mi hermano mayor, Gustavo, los temas eran religión y deportes; en cambio, yo era el de la política. Solo nos sentábamos a hablar de eso. Tenía 13 ó 14 años e ignoraba lo que era una democracia. No sabía qué cosa era eso de votar. Claro. Llegó 1978 y mi padre comenzó a ilustrarme sobre todos los políticos que aparecían, los cuales eran nuevos para mí, pero para él eran una especie de Thriller, de muertos que resucitaban. Él me advirtió: "Ya verás qué pasará después". Hoy, luego de ver a Toledo, Alan y Fujimori, llego a la conclusión de que -¡por Dios! - mi padre tenía razón. ¿Su visión del país es muy pesimista? El Perú se va a joder mientras pensemos que estamos jodidos y no creo que estemos jodidos. Le veo un buen futuro al país. Creo que los políticos son los que denigran la política y ojalá tuvieran un poco de la pureza de la juventud. ¿Se animaría a mencionar algún político que deteste? Te van a faltar páginas (ríe). No tengo nada personal contra nadie, pero hay uno que está en España pasándola bien (ríe). Está como el Chamo del Solar y vino acá como el salvador o el patriota. Pero también hay quienes caen en la frivolidad, como don Alejandro. Usted tuvo una gran amistad con él. Sí, pero luego vino la borrachera del poder y -más aun en él- en doble dosis (ríe). Nos distanciamos. Lo curioso es que en el 2005 nos encontramos en un chifa. Él estaba con esa casaca verde huachafona de la FAP y me saludó: "Caaaarlos". Yo le pregunté: "Y, presidente, ¿cómo van las cosas?". Giró en su asiento, golpeó la mesa y me dijo: "¡Y tú todavía me lo preguntas, carajo!". Usted ha dicho que el personaje que más satisfacciones le ha dado ha sido el de Popy Olivera, pero, a la vez, confiesa que no quisiera imitarlo más. ¿Cómo explica esa paradoja? Sí, pues, es paradójico. Fue el personaje que me catapultó a la popularidad. Yo era un muchacho de 19 años y estaba con eso de Carol, Carol, Carolina, con la Pandilla Basura y la espadita de He-Man. Él, incluso, me traía juguetitos de Miami para el sketch, pero llegó a ser ministro de Justicia y era otra persona. El personaje se fue transformando: perdió la barba, estaba canoso, había subido de peso y hasta le salieron unas cicatrices en la nariz... ¿qué te parece? Que quede cloro, perdón, claro. Ja, ja, ja. ¡Que quede cloro! No quiero responsabilizarlo, pero se inició una persecución judicial contra mí. Cómo da vueltas la vida. Llegó la campaña del 2006 y su secretaria me llamó como diez veces para que él fuera a El especial del humor. Yo no quería invitarlo y un día él mismo llamó y me dijo: "Oye, Carlos, ¿qué pasa?". Ya era otro tono. Volvió a ser el Popy de los noventa. ¿Qué se dijeron por teléfono? Hay caras duras, pero la de él ha sido granítica, mármol de Carrara, una aleación de las que manda la NASA. Popy me dijo: "Carlos, mi secretaria dice que no me quieres invitar. Pero si somos amigos". ¡Dios santo!, pensé yo. Le pedí que no me volviera a llamar porque no lo iba a invitar. Y él me dijo: "Qué mal. Yo no me voy a olvidar. Esto no se va a quedar así". ¡Todavía me amenazó! Fue la última vez que hablaron. Así es. Si los políticos se portan así con alguien que los ha ayudado, ¡qué cosa harán con el erario nacional o los fondos públicos! Esto de los gerentes del Banco de Materiales es la punta del iceberg para mí. A través del humor político queremos que la gente comprenda eso y que el Gobierno no debe esperar a que un programa periodístico saque algo para recién decir: Ay, aquí hay corrupción, no sabía. ¡Por favor! Hay que ser más acucioso. Y no hablar tanto de patadas. Bueno, también el presidente tiene lo suyo con la patada. Habló de una patada, de dos patadas si era aprista y yo en el programa dije que si era un familiar le daba tres patadas. Y resulta que hay por ahí un familiar metido en esto del Banmat. ¡Cosa increíble! ¡Me ligó! Es preocupante lo que pasa en el país. ¿Está preparando algún personaje? Sí, estoy perfeccionando el del presidente de México, Felipe Calderón. Si bien no es demasiado pegado aquí, sí es un personaje que tiene mucho peso internacionalmente. A Barack Obama también lo estoy siguiendo mucho. Es un fenómeno de la política. Lo están comparando con un Kennedy. aunque un Kennedy un poco broaster. ¿Qué me diría si le pido su opinión sobre este episodio de Tula Rodríguez, a quien usted conoce bastante? Bueno, te pediría que me exoneres de eso. Preferiría no hacer comentarios sobre la vida privada de ella ni de las personas implicadas. Yo lo dejaría así. Yo me ocupo más del tema político. Respeto su decisión. Solo quisiera decirle que a raíz de este caso se ha discutido cuáles deben ser los límites de la privacidad en los personajes públicos. ¿Usted qué opina? Si me lo preguntas así, te diría que ningún artista se puede quejar de perder su privacidad si ventila su vida privada de manera pública. La prensa siempre va a estar persiguiéndote. Eso es inevitable y hay que saberlo sobrellevar. Mal hace un artista en molestarse demasiado sobre esto, pero si encima uno ventila públicamente su tema, pues ahí cada quien con su problema. Hace un rato, al ingresar a esta casa, me percaté de que la televisión estaba encendida con el juicio a Alberto Fujimori. ¿Qué siente Carlos Álvarez cuando ve hoy al ex presidente? Es una lucha de sentimientos encontrados. No porque sea fujimorista, pues yo no soy Carlos Raffo. Enhorabuena. Lo felicito. Ja, ja, ja. Sí, Raffo es muy especial, pero esto del juicio me lleva a una reflexión. Los derechos humanos deben ser respetados, los excesos deben ser castigados, pero nuestro país se desangraba por el terrorismo. Y resulta que una persona que tomó la decisión política de combatir eso ahora está sentada en el banquillo de los acusados. ¿Y eso le parece injusto? No digamos injusticia, pero el terrorismo es un tema sensible. Hablamos de La Cantuta, Barrios Altos, pero nos olvidamos de que había terroristas que enviaban niños con bomba. No justifico ningún exceso, pero la guerra es así lamentablemente. Ahí están los juicios de Nuremberg. ¿Y el juicio a los americanos aliados? Nunca hubo. Y los excesos vinieron de ambos lados. Pero la historia la escriben los vencedores. ¿Es Carlos Álvarez un fujimorista? A diferencia de algunos que se esconden detrás de las cortinas, prefiero ser honesto con mi público y con vuestros lectores y decir que tuve simpatía con ese gobierno por el tema del terrorismo y la reinserción económica. Hipócrita sería negarlo. En todo caso, he aprendido la lección: no mimetizar mi carrera artística con el tema político. Sí, pues. Usted terminó más abollado que pollo del Pios Chicken. Y terminé chamuscado también (ríe). La reconciliación con el público me costó muchísimo y ellos supieron comprender mis errores. Es lo que más valoro en estos 25 años de carrera. Caray. Un cuarto de siglo desde que debutó en Trampolín a la fama. Sí. Esto no se lo he contado a nadie, pero la última vez que vi a Ferrando fue en 1998. Le quise mostrar la placa que había ganado en un festival del humor en Colombia. Augusto estaba enfermo, le levanté el ánimo y me mostró todos los premios que él había ganado. De pronto, me dice: "Oye, ¿te acuerdas cuando Alan García vino a almorzar acá a mi casa?" Le respondí que sí. "¡Carajo! -me dijo- acá había cinco (premios) Circes y ahora hay cuatro. Yo creo que él se lo ha llevado y no me he dado cuenta".