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Un camino trunco para dedicarse al arte

2008/12/07

El acuarelista (2007), del peruano Daniel Ró, es un intento fallido de tragicomedia.

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No jugar a lo ya conocido en el cine peruano: la ausencia de desnudos por morbo y un hiperrealismo que calca al criollito nacional son las virtudes del primer largometraje de Daniel Ró, El acuarelista. Sin embargo, el desafío autoimpuesto parece haber sido demasiado. Llevar al cine, y con espíritu de comedia, la imposibilidad del artista de plasmar su obra es una operación delicada y, aquí, el tema se desborda. T –un ex oficinista encarnado por Miguel Iza– no puede acabar una acuarela por la intromisión constante de sus vecinos, porque el arte no es con ellos y piensan que T debe aplicar sus conocimientos a cuestiones... más prácticas. TROPIEZO. Lo que suponemos debió ser una pesadilla trabajada a partir de la asfixia de los espacios físicos y la transformación gradual de los vecinos en una suerte de cuerpo invasivo, con los ingredientes tragicómicos que podían haber surgido, acaba por convertirse en una extravagancia cercana a lo grotesco. El principal problema son los personajes deformados por un exagerado sarcasmo, que los vuelve marionetas disforzadas en una aventura que no marcha ni como cuento feroz ni como exposición mordaz de las dificultades del pintor por conseguir su anhelo. Ró mostró tino cinematográfico en sus películas de corta duración, sobre todo en la primera, El colchón; pero El acuarelista es un tropiezo que, no obstante, debería ser un aliciente para no bajar los brazos. El de Ró es el último filme nacional en estrenarse en salas comerciales y confirma un mal año para el cine peruano en cuanto a largometrajes. Dar a conocer esto no es insulto a nadie. Se sabe lo sacrificado que es concretar un proyecto cinematográfico en el país, pero si la película es deficiente hay que decirlo, porque, por sobre todo, la cinefilia no es patriota.