Sábado 26 de mayo del 2012 | 19°
"Nací en Okinawa, en marzo de 1945, justo cuando acababa la Segunda Guerra Mundial. Muchos japoneses murieron en Okinawa bajo el ataque de los norteamericanos y muchos se suicidaron también", cuenta. Okinawa fue el territorio japonés donde desembarcaron los estadounidenses. Hasta ahora tienen una base militar enorme ahí. Cuando era chico recuerdo a los militares americanos. Hasta 1972 Okinawa estuvo bajo control de ellos. Aún después de la devolución de Okinawa al Japón continuó la presencia norteamericana, que sigue hasta ahora. La base militar es enorme. Yo trabajaba en la base antes de venir al Perú. Después empecé a trabajar como intérprete en un programa de entrenamiento a los internos graduados en Medicina. Yo estudié inglés, o sea, literatura norteamericana. ¿Qué lo trajo al Perú? Me contrató un amigo que vivía hacía tiempo en el Perú para introducir el alimento instantáneo hoy llamado Ramen. Vine en el 73 con esta técnica de producción, que aprendí durante todo un año. Una vez que terminé mi contrato, de tres años, estando ya casado con una nikkei y con dos hijos, me quedé. ¿Por qué se quedó? Porque me gustó el Perú. Me gustaron las costumbres y la comida. Y entré a trabajar a la Embajada de Japón, primero en administración y, después, a la sección Cultural. Trabajé en eso durante 29 años. ¿Estuvo cuando se produjo la toma de la residencia del embajador japonés? Sí. Estuve como rehén durante cinco días. La primera noche de la toma de la residencia yo creí que era el fin del mundo, que terminaba mi vida. Con un congresista, Samuel Matsuda, me metí a un depósito de licores. Pero los terroristas empezaron a disparar ráfagas de metralleta abriendo puerta por puerta. Y nosotros los escuchábamos. Yo pensaba que mi muerte estaba cerca. Nos quedamos un buen rato, hasta que se calmaron las cosas. Cuando los terroristas clasificaron a la gente, me mandaron al segundo piso, con otros funcionarios de la embajada, con militares y gente del Gobierno. Durante cinco días estuve en esa condición. Nunca más quiero vivir algo así. Una experiencia así lo hace reflexionar a uno. He reflexionado. Pensaba ¿qué había yo hecho para quedarme con estos terroristas, para que terminara mi vida en forma tan fea? Se me cruzaban muchas ideas. Pero, en ese momento, invocaba la filosofía que yo practico diciéndome: “si salgo de acá, dedicaré mi vida por la paz y la felicidad de los peruanos”. Y así lo hice. Lo del restaurante vino después. ¿Cómo se le ocurrió? Me pasaron la voz para ser socio de un restaurante en San Isidro, pero me quedé solo. Después nos mudamos a este local, en Miraflores. Vendíamos buffet marino, criollo e internacional. Hace dos años me retiré de la embajada para dedicarme a este negocio. ¿Por qué eligió la centolla como elemento base de su trabajo? Estábamos pensando qué hacer, qué nombre nuevo poner, y uno de los muchachos con los que trabajaba planteó ponerle centolla. ¿Qué es centolla? El cangrejo gigante. ¿Y en el Perú hay? Sí, hace dos años lo están pescando. Recordé que en Japón la había probado. Pero allá es muy caro porque es muy apreciado. Se pesca en el sur del Perú, entre Pisco y Marcona, a 1,600 metros de profundidad, en agua fría. Así que para difundir este crustáceo, el más fino del mundo y delicioso, adoptamos ese nombre y el chef comenzó a elaborar la carta. ¿Por qué tenía tanta fe en la centolla? No lo sé. Pero cada día me convenzo más de las virtudes del producto. En otros países es muy apreciado. Y felizmente la gente aquí ya la está conociendo. ¿Qué platos elaboran con centolla? Tenemos 25 platos, empezando con carpacho, para lo que se usa el lomo de centolla. También tenemos risotto de centolla, timbal, copón –una especie de cebiche cremoso a partir de la centolla–, brochetas, pescado con salsa de centolla y chupe de centolla. Hay variedad de platos. Mucha gente que viene a comer centolla la probó en el extranjero, en Canadá, Estados Unidos, Japón o Chile. Pero todos dicen que aquí es más rica.