- Sábado, 13 marzo de 2010 | 24 °C
- Actualizado: 22:53 | Escríbanos | RSS Último momento | RSS Ed. Impresa
Política | Lun. 28 jul '08
La bandera ultrajada
si –como dicen– Alan García esperaba subir algunos puntos en las encuestas con el juicio que Ántero Flores-Aráoz le ha abierto a Leysi Suárez, por fotografiarse calata, montada en un corcel, posando sus generosas nalgas sobre la enseña bicolor (a propósito, la alusión de Flores-Aráoz a la bandera y el Támpax es bastante más vulgar que la foto que él enjuicia) la respuesta a sus plegarias han sido las caricaturas que dibujan a García calato, montado sobre un corcel, posando sus augustas etc., etc. Susy Díaz decía que la cuestión es que hablen de ti, no importa cómo, pero que hablen. Si ese era el propósito de la “Operación Juicio”, habrá que reconocer que el éxito ha sido resonante.
Seguramente sin proponérselo, Flores-Aráoz ha incorporado a la señorita Suárez a un selecto club de violadores, también enjuiciados, en su momento, por ultrajar los símbolos patrios. En él figuran antipatriotas tan evidentes como Pablo Macera, que dijo: “el Perú es un burdel” (excelente la apostilla de Baldomero Cáceres, que discrepaba porque un burdel es algo organizado) y Mario Vargas Llosa, que, cuando dirigió la primera versión cinematográfica de Pantaleón y las visitadoras, en la escena en que Pantaleón ofrecía un banquete a sus prostitutas, puso la bandera como mantel de mesa. Pasada la escandalina que entonces se armó, los enjuiciadores volvieron a su merecidísimo anonimato mientras que Macera y Vargas Llosa prosiguieron su vida, como es sabido.
No puede dejar de maravillar la sacra indignación –por una foto de gusto dudoso– del mismo gobierno que acaba de comprarse una Mesa Directiva para el Congreso corrompiendo a tránsfugas y aliándose con la bancada fujimorista, en un convenio suscrito en plena cárcel con el mismísimo Alberto Fujimori. Una santa alianza con un grupo cuyo único programa es tratar de asegurar la impunidad de su líder. Por otra parte, llevar a la Presidencia del Congreso a Javier Velásquez Quesquén, que acaba de ser puesto en evidencia en un negociado de influencias con personajes de la estatura moral de Torres Caro y Gustavo Espinoza, es una proeza que supera la ya abyecta forma como se constituyó la Mesa Directiva anterior, a la que el Apra llevó precisamente al malhadado Torres Caro. Pertenece a la psiquiatría explicar cómo ciertos políticos pueden escandalizarse ante una vedette en traje de faena, sentada sobre la bicolor, al mismo tiempo que arrastran por el fango la credibilidad del que, según Haya de la Torre, constituye el Primer Poder del Estado.
La majestad de la Patria no reside en sus símbolos formales sino en la conducta de sus ciudadanos, y de aquellos que han sido elegidos para representarla. Por fortuna el Perú es más que el gobierno que lo avergüenza.
Seguramente sin proponérselo, Flores-Aráoz ha incorporado a la señorita Suárez a un selecto club de violadores, también enjuiciados, en su momento, por ultrajar los símbolos patrios. En él figuran antipatriotas tan evidentes como Pablo Macera, que dijo: “el Perú es un burdel” (excelente la apostilla de Baldomero Cáceres, que discrepaba porque un burdel es algo organizado) y Mario Vargas Llosa, que, cuando dirigió la primera versión cinematográfica de Pantaleón y las visitadoras, en la escena en que Pantaleón ofrecía un banquete a sus prostitutas, puso la bandera como mantel de mesa. Pasada la escandalina que entonces se armó, los enjuiciadores volvieron a su merecidísimo anonimato mientras que Macera y Vargas Llosa prosiguieron su vida, como es sabido.
No puede dejar de maravillar la sacra indignación –por una foto de gusto dudoso– del mismo gobierno que acaba de comprarse una Mesa Directiva para el Congreso corrompiendo a tránsfugas y aliándose con la bancada fujimorista, en un convenio suscrito en plena cárcel con el mismísimo Alberto Fujimori. Una santa alianza con un grupo cuyo único programa es tratar de asegurar la impunidad de su líder. Por otra parte, llevar a la Presidencia del Congreso a Javier Velásquez Quesquén, que acaba de ser puesto en evidencia en un negociado de influencias con personajes de la estatura moral de Torres Caro y Gustavo Espinoza, es una proeza que supera la ya abyecta forma como se constituyó la Mesa Directiva anterior, a la que el Apra llevó precisamente al malhadado Torres Caro. Pertenece a la psiquiatría explicar cómo ciertos políticos pueden escandalizarse ante una vedette en traje de faena, sentada sobre la bicolor, al mismo tiempo que arrastran por el fango la credibilidad del que, según Haya de la Torre, constituye el Primer Poder del Estado.
La majestad de la Patria no reside en sus símbolos formales sino en la conducta de sus ciudadanos, y de aquellos que han sido elegidos para representarla. Por fortuna el Perú es más que el gobierno que lo avergüenza.
en esta página
- Desmienten pacto para cortar cabeza a Jorge del Castillo
- Datos
- Bancadas en crisis por elección de mesa