Sábado 26 de mayo del 2012 | 19°
Como si estuviéramos descendiendo hacia el infierno, es cada vez más frecuente que se produzcan crímenes realmente escalofriantes. Solo en los últimos días hemos tenido a hijas asesinando a su madre por dinero, a adolescentes degollando a sus primitos por desprecio, a una esposa abandonada quemando viva a su rival por venganza, a una chica que se equivocó de pareja y terminó en una maleta, a pandilleras que, sin salir de la pubertad, están matando y muriendo como si se tratara de un alivio el terminar con su existencia. Cualquiera de esos horrorosos asesinatos hubiera sido el crimen del año en la Lima de mi infancia; lamentablemente, hoy nos estamos acostumbrando a ellos y algunos ni siquiera llegan a la portada. ¿Qué está pasando? No creo que se pueda dar una sola respuesta, y siempre han existido casos raros. Pero el incremento de crímenes involucrando a menores debería alarmarnos, ya que es un reflejo de cómo la siguiente generación está en un proceso de deterioro. Es como si estuviera erupcionando. Si uno quisiera dramatizar, se puede poner en el lugar de un joven de 18 años que, después de doce años en un colegio estatal, con las justas puede leer; y no le pidas más, que viene de un hogar en el cual el padre abandonó a la mamá y nunca la apoyó, pero antes de irse la maltrató; que no tiene empleo porque nadie ingresa trabajadores a planilla debido a la absurda legislación laboral, que ve a sus contemporáneos robar o traficar y, a cambio de una propina, la Policía los deja nomás; que lee a diario sobre un Poder Judicial que más corrupto no puede estar. De ese chico, ¿qué se puede esperar? Es por ello sorprendente la falta de interés gubernamental en atacar las dos principales causas del problema: la pésima calidad de la educación y la falta de trabajo adecuado. En educación parece ser que sienten que con la evaluación ya se cumplió y solo están haciendo tiempo esperando el pitazo final del mandato. Pero cada año se pierden miles de niños que pasan por inicial sin aprender nada y, luego, les es imposible recuperar, terminando el colegio casi como analfabetos. Por ello es fundamental apoyar esquemas como el de Fe y Alegría o Escuelas Exitosas, por ejemplo, para cortar camino y ganar años en ir mejorando la educación estatal. En lo que respecta a la generación de empleo que el Gobierno había inicialmente priorizado, todo apremio se ha abandonado y estamos por cumplir otros cinco años desperdiciados. El tema ni siquiera parece estar en la agenda, nadie está a cargo de implementar una reforma laboral y la única ley más o menos imaginativa que dieron –la de mypes– sigue guardada en el cajón de algún funcionario. En los próximos 17 meses, si este gobierno empieza a tratar el tema con seriedad y promueve la formalización laboral, puede lograr que medio millón de jóvenes que ingresarán al mercado adquieran un horizonte de vida en lugar de pasar a la marginalidad. No sabemos si es el cansancio de gobernar o simple irresponsabilidad, pero no se puede perder la indignación y el sentido de urgencia de tratar de darle a la próxima generación al menos una oportunidad.