Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
La derogatoria de los decretos legislativos 1090 y 1064 se volvió inevitable: el Perú enfrentaba una situación preinsurreccional. El bloqueo de carreteras en la selva se extendía a la región central, al Cusco, y Andahuaylas se declaraba en pie de guerra. El sistema crujió y el Ejecutivo y el Legislativo, elegidos por el sufragio de 28 millones de peruanos, debió ceder. El otro camino se hacía con la brea fascista. Más allá del increíble sicosocial –tal como lo definió Jaime de Althaus en La Hora N– acerca de que los bosques estaban en remate y el agua envenenada, la lección es enorme: nadie puede legislar y reglamentar sin consultarle a la gente. Es imposible. La izquierda radical cree que ha ganado. Equivocación descomunal. El Perú no es Bolivia ni Ecuador. La situación preinsurreccional y la generalización del bloqueo desatarán una demanda masiva por orden y autoridad. La sociedad, inevitablemente, se derechizará. En los años 70, la izquierda local impulsaba paros nacionales exitosos y la dictadura militar de ese entonces se tambaleaba. Sin embargo, Belaunde y Haya de la Torre ganaban las elecciones nacionales. El sindicato, el frente, la llanta quemada o el bloqueo nunca tuvieron relaciones directas con el ánfora en el Perú. De allí que cause enorme impresión la manera cómo Ollanta Humala incinera sus posibilidades electorales. En la situación preinsurreccional, el comandante se corrió al extremo izquierdo, desesperado por evitar la emergencia de un Pizango o de un Arana. Ollanta gana votos en la selva, se aleja del centro y se anula para la segunda vuelta. Falta nervio político. Keiko y el fujimorismo reciben los regalos y dulces que les envían sus adversarios. No necesitan hablar para beneficiarse de la derechización que se fermenta en la sociedad. El nombre y el apellido del fujimorismo tiene el ADN autoritario. Su crecimiento fagocita las posibilidades de una derecha liberal y democrática. En todo caso, nadie sabe para quién trabaja. A Alejandro Toledo, la política le sale de las tripas, del instinto. Sabe que la derecha confía en él porque fue el presidente más 'vendepatria’ y 'pro yanqui’ en el quinquenio pasado. Su estandarte es el TLC con Estados Unidos. Recuérdese los tremendos mazazos que recibió de Evo Morales. Por eso, Toledo puede jugar al radicalismo y asumir el sicosocial sobre la venta de los bosques sin afectar su identidad. Uno de los jefes de Estado más transnacionalizadores de nuestra historia les disputa a los proyectos bolivarianos el voto de la selva en plena toma de carretera. Hay algo de genialidad política. Pero, en cualquier circunstancia, los equívocos de Humala empiezan a crear un espacio enorme para un centro que se enfrente al fujimorismo. Luego del 'Baguazo’, Lourdes Flores y Toledo tienen la palabra.