Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
La propuesta que partió de Ollanta Humala, y que luego fue respaldada por algunos dirigentes de izquierda, como lo hizo ayer el sutepista Olmedo Auris, para ir a un proceso de revocatoria presidencial, es descabellada y carece de todo sentido constitucional y político. Los que la proponen quieren usar, pero al revés, el 'modelo Evo’ de ir a un referéndum ciudadano con el fin de decidir la continuidad en el puesto del jefe de Estado, que en el caso del mandatario boliviano le permitió fortalecer su posición política, y que –a eso aspiran sus promotores– en el del presidente Alan García sería el camino para ponerlo de patitas en las calle. ¿A santo de qué se les ha ocurrido a estos señores la idea de vacar al presidente de la República? ¿Quieren que el almirante Luis Giampietri o la guapa arequipeña Lourdes Mendoza del Solar –los dos vicepresidentes– se sienten en el mejor sillón de Palacio? ¿O lo que quieren es traerse abajo el régimen para sabe Dios qué? Lo más probable es que la respuesta correcta sea 'ninguna de las anteriores’, y que, en realidad, el accionar de este sector del bloque opositor esté marcado por un afán de 'armar chongo’ pero sin un sentido realista. Porque por más ruido y reclamo que exista en diversas regiones del país, no se observa en cada protesta un afán cohesionado de traerse abajo al sistema y ni siquiera al presidente García, sino de arrancharle algo concreto al propio sistema y al Estado. 'Si las cosas están tan bien, yo quiero algún beneficio’, parece ser la lógica de la protesta en marcha. O 'del lobo, un pelo’. En este sentido, no hay en el país el ánimo de tumbarse al presidente García, ni el fundamento legal o político –por la inestabilidad que produciría– para hacerlo. Los opositores que lo proponen reflejan orfandad de estrategia, y los gobiernistas que la usan para justificar sus problemas se ponen en papel de víctima sin causa. Al igual que la posición que este diario tuvo con Alejandro Toledo –a quien el Apra sí puso contra las cuerdas–, sostenemos que a un presidente democráticamente elegido se le critica con rigor, pero se defiende su permanencia en el cargo salvo que se presente una causa grave que, según la Constitución, justifique su relevo. Como en Ay Aurora, “que sufra mucho pero que nunca muera”.