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Autoantropofagia

2010/01/11
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De tanto en tanto, pero cada vez con mayor frecuencia –en diciembre por la Cumbre de Copenhague y ahora por las lluvias que estamos sufriendo en el Perú, que incluso han llegado a afectar seriamente a algunos distritos limeños—, el cambio climático es tema de primeras planas y de conversación. Somos muchos los que sabemos que existe el riesgo de que pronto el daño sea irreversible y que incluso podría llevar a la destrucción de la biósfera. A veces nos parece un relato apocalíptico inventado por Greenpeace, y son muy pocos los que lo toman en serio. La realidad del cambio climático es difícil de aceptar porque implicaría regulación y contracción en lugar de desregulación y expansión de la economía. En la sociedad contemporánea, una forma particular de codicia destructiva alienta el consumismo, lo que no hace sino atizar el calentamiento global. Esta verdad es difícil de digerir, puesto que tendríamos que aceptar que nuestras acciones han causado ya un daño real, lo que nos generaría sentimientos de culpa. Y sobre todo, porque implicaría renunciar al estilo de vida al que aspiramos, lo que nos produciría una intensa sensación de pérdida. La voracidad o codicia destructiva está estrechamente asociada con la arrogancia, una modalidad de expresión del narcisismo. Esta nefasta combinación lleva a poner los apetitos propios por encima de todo y de todos y a percibir cualquier límite como una violación a derechos que no dudamos ni por un segundo que nos corresponden, que nos haría sentirnos despojados y rabiosos. Nos permite colocarnos más allá de cualquier dilema moral que podría hacernos sentir culpables o avergonzados. Nos convierte en el ser monstruoso tan voraz que se devora a sí mismo del cuadro Autoantropofagia de Dalí. La culpa que generan la codicia y la arrogancia forman parte del conjunto de determinantes inconscientes de la negación de lo que Al Gore llama “una verdad incómoda” a través de la racionalización: se oscila entre pensar que el daño no es significativo o que ya es irreparable y no hay nada que hacer. De aquí que haya tantos que se empeñen en demostrar que no existe calentamiento global o que este no es consecuencia de la acción indiscriminada de los hombres, como se ha visto en Copenhague. Pero, claro, no se trata de lo que las personas sienten, se trata de la necesidad de que actúen quienes tienen el poder de disminuir las emisiones contaminantes. Como la crisis económica internacional puso en evidencia, enfrentar el problema pasa por el cuestionamiento al modelo de sociedad en que vivimos y al papel que desempeñan los gobiernos.