Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
No soy un modelo de orden, pero tampoco un modelo de desorden. En realidad, no soy un modelo de nada, lo cual es tranquilizador porque serlo obliga a comportarse de acuerdo a quienes lo califican a uno de tal o cual cosa. Tengo gustos pero no manías, y los temas que me obsesionan, como el cambio climático, están fuera del ámbito de mis decisiones personales. Me gusta, por ejemplo, marcar mis libros, anotar las cosas que me parecen dignas de ser profundizadas, comparar datos de distintas fuentes, escribir palabras sueltas para recordar que debo averiguar más sobre algún tema en particular o sobre la misma palabra, guardar artículos en mi PC para leer cuando tenga un tiempo que, generalmente, nunca tengo. Todo eso parece, sino elogioso, por lo menos normal en un tipo que, sin darse cuenta, está llegando a los 70 años de edad. Lo malo es que, salvo los libros, que tienen un lugar casi fijo –el casi es bastante amplio– en una biblioteca que se desordena sola, lo demás se ha convertido en lo que mi abuela italiana llamaría un casino, y mi hermano, un quilombo. Las muchas cosas que anoto las anoto en papeles sueltos que desaparecen cuando los necesito y reaparecen cuando ya tengo la cabeza en otra cosa. No sé si esa variable está considerada en las leyes de Murphy pero, en mi caso, todo objeto que es buscado cambia inmediatamente de lugar. No creo que el objeto tenga voluntad propia para actuar de ese modo y mucho menos que alguien me esté saboteando. Sospecho que, antes de decidirme a buscar la nota, mi memoria me hace un anuncio y, en ese momento, vaya a saber por qué, cambio inconscientemente el documento de sitio. ¿Autosabotaje? No, ocurre que trato de simplificar el trámite pero, luego, olvido ese gesto y me oriento por la memoria anterior al mismo. El resultado es que, salvo milagros, encuentro el documento no solo cuando ya no lo necesito, sino cuando ya no sé para qué cuernos lo había guardado y, mucho menos, para qué lo estaba buscando. El hecho no es del todo negativo pues me obliga a revisar otras informaciones y, en más de una ocasión, he llegado a resultados felices que nada tienen que ver con la intención original. Es decir que mis documentos y mi trabajo son un producto del azar. Todo, en mi vida al menos, es un producto del azar. Nos une el desconcierto y nos empuja el asombro. Otro problema, no siempre insoluble, es que, en las pocas ocasiones en las que encuentro lo que busco, mi alegría se ve opacada pues no entiendo mi letra y eso me obliga, realmente me obliga, por una razón de orgullo personal, a poner el mismo empeño en descifrarla que el que me suelen demandar las palabras cruzadas. Es como un juego de ingenio que yo me proporciono, sin quererlo, a mí mismo. A veces descifro, a veces no. Lo malo suele ser que en algunas ocasiones descifro acertadamente, pero ignoro cuál era mi propósito para profundizar dicho conocimiento. En fin, mejor dejar aquí el relato. No es culpa suya y no tengo derecho a preocuparlo con mis desconciertos.