Sábado 26 de mayo del 2012 | 19°
"Aunque en Lima no se conozca, Atilano es un nombre clásico. Se usa mucho en Cajamarca. Mi padre se llamaba Atilano, mi abuelo se llamaba Atilano, y son de Celendín. Mi mamá me puso Félix, entonces mi papá le dijo: 'Si le pones Félix, también ponle Atilano’… y me malogró la vida (risas). Aunque le parezca mentira, me llegué a identificar con el nombre, pues todos me llamaban así, incluso mi amigo, el gran guitarrista Carlos Hayre", nos confiesa, con humor criollo, Félix Atilano Vílchez, gran guitarrista peruano, quien llegó a tocar con artistas de la calidad de Antonio Prieto, Sonia Furió, Olga Guillot, Miguelito Valdez, y los españoles Luisito Aguilé y Pedrito Rico. Y de grande, ¿qué le decían? Cuando ya era músico me decían 'Seisito’, porque leía cualquier cantidad de música. 'Seisito’ era la marca de un detergente que existía cuando usted aún no había nacido, y que era famoso porque 'le sacaba la mugre’ a todos. Entonces, que me dijeran 'Seisito’ significaba que era un músico de calidad. ¿Dónde aprendió a leer música? ¿Pasó por el Conservatorio? No. Soy autodidacta, pero tuve el apoyo de músicos formados en el Conservatorio. Además, fue importante mi dedicación y vocación por la música. ¿Es cierto que le enseñó a tocar la guitarra un canillita? Creo que fue un barrendero. Yo estaba en mi silla de ruedas y, cuando él pasaba, me miraba. Un día se me acercó y me dijo: “¿Sabes escribir?”. “Sí”. “Mira, tengo mi mujer en Áncash y me ha escrito, ¿me puedes leer?”. Y le leí su carta. “Quiero escribirle”, me volvió a decir. Entonces, intercambiamos cartas con lecciones de guitarra. Por entonces, yo tenía unos 14 años. En mi época, los bailes eran con orquesta y, por eso, tenían guitarra criolla y, también banjo, para hacer swing. Por eso aprendí a tocarlo. Usted estuvo postrado varios años en una silla de ruedas… Así es. Tuve osteomielitis, una infección al hueso bastante común hace algunos años. Antes había muchos cojos. Me agarró muy joven, a los 12 años, tanto así que tuve que dejar el colegio. Pero así llegó a la guitarra… Y al charango. Mi familia era musical: mi madre tocaba el piano; mi padre, la guitarra y otros instrumentos. El mundo cambia. Le explico: en mi época –yo nací en 1931– todavía había tertulias, y no como ahora que se pone un disco, se agarra a la mujer y se baila un perreo (risas). No, antiguamente existía el arte de la seducción, y las tertulias eran un desfile de talentos: “Que salga la señorita tal, ¿quién va a tocar el piano? Que salga el papá, ¿quién va a tocar guitarra? Que salga el amigo, ¿quién va a decir una poesía?”. Allí empezaba la tertulia, se discutía la poesía, las letras de las canciones. Uno tenía que ir preparado. Por eso, yo sé muchos poemas de memoria. Uno no podía ser un don nadie. ¿Tocando guitarra y recitando versos conquistó a su mujer? Y componiendo canciones… soy compositor y poeta, imagínese. ¿Se anima a recitar algunos versos? “Yo soy Félix Vílchez, miel de abeja / el que lo prueba, no lo deja. / Muy querido por las jóvenes / y muy deseado por las viejas” (risas). Usted es un gran amigo de Carlos Hay-re y de Manuel Acosta Ojeda… Ellos bajaban a mi taller de electrónica y armábamos una peña, ya tú sabes (risas). También venían Manuel Fajardo Mora (guitarrista) y Carlos Barraza (guitarrista de la disquera Sonoradio). Me comencé a malograr con ellos (risas) y a aprender. Allí empezó a desbordarse mi amor por la música. ¿Cómo llega al jazz? Manuel Fajardo tocaba jazz. Le empecé a preguntar y, además, he sido muy curioso, he estudiado la historia de la música. Por eso, con los Rimac Stompers Dixieland Jazz Band –la banda que integré–, antes de tocar algún tema, yo le explicaba al público la historia de la canción. Tiene unos 60 años de carrera, pero estuvo retirado un tiempo… Sí. Me alejé de ella, pero no olvidé la música. En 1978 murió mi esposa y caí en una gran depresión, hasta me enclaustré. ¿Sabe qué me salvó? La poesía, mis versos, si usted los lee, lo harían llorar. En el dilema entre el sentimiento y la razón, / aparece la confusión / que origina la depresión. Ya ve que hasta cuando hablo de esto todo me sale con rima (risas).