Domingo 27 de mayo del 2012 | 18°
Dicen los entendidos que si desaparecieran los insectos –encargados de transportar el polen de las flores para su reproducción–, en 50 años llegaría a su fin la vida en el planeta. ¿Y si el hombre desapareciera? Con certeza, los bosques serían más frondosos, los ríos y mares más limpios y algunas especies de animales que están en proceso de extinción empezarían a reproducirse con normalidad. No haríamos falta para nada; más bien, no habría más destrucción. Parecería que, en el transcurso de la evolución humana, algo maligno se hubiera desatado en ese 20% de nuestra corteza cerebral que es nueva y diferente a la de los mamíferos, y por eso podemos ser tan destructores de la vida. Los etólogos, estudiosos de las costumbres animales, utilizan conceptos de psicología para interpretar conductas de estos. Hablan del amor, odio, triunfo, temor, pero no de crueldad. Esta cualidad –mejor dicho, deformación– es propiedad exclusiva del ser humano. Solo nosotros podemos sentir gozo en destruir la vida por avaricia, poder, venganza u otros sentimientos subalternos. Los animales atacan, pero por supervivencia o en defensa de su especie; salvo excepciones, como por ejemplo –relata Lorenz– la del pez macho de un acuario que mata a su pareja cuando no hay otro macho para rivalizar. ¿Por qué lo hace? Por la agresión, según el etólogo, nacida por el espacio artificial en el que se encuentra el animal como porque no hay contra quien desplegar ese ataque. El afecto (agresión) queda ahogado (reprimido) por un tiempo; pero, como no se descarga, llega el momento en que esta se produce violentamente. ¿Será entonces que los afectos ahogados durante la infancia –producidos por reiterados sufrimientos, odios, iras, frustraciones en el hogar– producen las descargas de crueldad? ¿Y cómo influirán los modelos de crueldad social como la exclusión y la corrupción?