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Amor y arte en Barcelona

2008/08/27

Nuestro columnista co-menta Vicky Cristina Barcelona, la nueva película de Woody Allen, en la que el director neoyorquino sigue la línea temática de Match Point.

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Vicky y Cristina son dos jóvenes turistas norteamericanas de vacaciones en Barcelona. Los planes de cada una son muy distintos, pero más lo son sus personalidades; en verdad, son tan completamente opuestas que es difícil entender cómo pueden ser amigas: Vicky, que está próxima a casarse, tiene una idea bastante clara y racional de lo que quiere hacer con su vida y está tratando de escribir una tesis sobre identidad y arte catalanes, que le interesaron en un viaje anterior; Cristina tiene una incierta vocación artística que, por el momento, parece concentrarse en el cine y en la fotografía, pero al mismo tiempo es una sobreviviente de varios affaires amorosos que, al acabar mal, le han dejado la certeza de que el amor es siempre doloroso y traumático, pese a lo cual sigue buscándolo. Apenas llegadas, tienen un encuentro casual con Juan Antonio, un pintor catalán, quien las acaba de conocer en un restaurante y, sin mayores preámbulos, les propone viajar a la ciudad de Oviedo y tener allí, los tres juntos, una experiencia erótica. Eso es parte de su cínica creencia de que la existencia es demasiado corta, aburrida y llena de sufrimiento; lo último es particularmente cierto para él, pues acaba de terminar una tempestuosa relación con su cónyuge María Elena, también artista, que ha sido el gran amor de su vida. Así comienza Vicky Cristina Barcelona, la última película escrita y dirigida por Woody Allen, una nueva producción de su fase europea, iniciada con el notable drama Match Point, filmado en Londres. La forma como esa premisa va evolucionando a través de numerosos giros, sorpresas, complicaciones, variantes y expectativas es realmente admirable y de una casi absoluta perfección: mantienen nuestro constante interés y resultan siempre convincentes, no importa cuán increíbles puedan parecer en principio. La primera sorpresa es que el plan de Juan Antonio (al que Vicky se suma muy renuente) no llega a realizarse tal como esperaba o como ellas imaginaban: indispuesta por el exceso de vino y tapas en Oviedo, Cristina se ve forzada a guardar reposo. Tras ese incidente ocurre lo inesperado: Vicky es quien pasa una noche con el pintor y, aunque trata de volver a ser la persona racional que era, siente la poderosa seducción de Juan Antonio. Su confusión emocional aumenta cuando se entera de que, pese a todo, Cristina se ha ido a vivir con el artista. Por sugerencia de su novio, Vicky celebra su boda en Barcelona y luego permanece allí un tiempo más para completar sus investigaciones artísticas, aunque el otro motivo es que su pasión por Juan Antonio no ha cesado. Por su parte, la vida que comparten Cristina y Juan Antonio va a sufrir un sacudimiento casi cataclísmico cuando, súbitamente, aparece su ex mujer que, en una nueva crisis nerviosa, ha intentado suicidarse. Finalmente, vemos quién es: una terrible furia, agresiva, rencorosa y vengativa porque ha sido profundamente herida por la vida. Él dice que, en un ataque de celos, ella intentó matarlo; ella dice que él le robó las ideas clave de su visión artística. ¿Será todo eso verdad? No lo sabemos con certeza, como tampoco sabemos el final del chiste que el novio de Vicky cuenta en otro momento: deliberadamente, el director no nos lo deja escuchar. Lo más inesperado es la relación que, en medio de ese tumulto emocional, se establece entre María Elena y Cristina y entre Vicky y Juan Antonio, que es mejor no revelar. Esas ambigüedades y enigmas son característicos de la obra de Woody Allen, que ha hecho incontables indagaciones en los insolubles dilemas que plantea el amor, tan engañoso como necesario, frecuentemente asociados –como en este caso– con el mundo interior de artistas o intelectuales que persiguen otra clase de quimera, en conflicto con la amorosa. Esa exploración ha estado por tan largos años vinculada al ambiente neoyorquino que su trasplante a ciudades como Londres o Barcelona parecía casi imposible, aparte de riesgoso. Barcelona era un reto aún más serio por la barrera del idioma. La única objeción que se le podría hacer es que los lugares y emblemas de la ciudad que aparecen como trasfondo de la acción (el parque Guell, La Pedrera y La Sagrada Familia de Gaudí, el museo Miró, las ramblas) son demasiado obvios o “turísticos”; es como si un director extranjero hiciese una película sobre Manhattan y eligiese el Empire State y el Rockefeller Center. Pero nada de eso afecta lo esencial: la sutil y comprensiva mirada del director para hablarnos de cosas profundas con un delicado tono irónico que mantiene la obra entre la comedia y el drama; y su excepcional habilidad como guionista para tejer y entretejer situaciones y, así, componer una historia que nos envuelve. Las actuaciones femeninas –Rebecca Hall (Vicky), Scarlett Johansson (Cristina) y Penélope Cruz (María Elena)– son todas excelentes, pero la de Javier Bardem como Juan Antonio, que incluye una explosiva escena improvisada en español con Penélope Cruz, es realmente memorable: una exacta mezcla de seductor, enredado en sus propias trampas y, sin embargo, lúcido observador de las inquietantes paradojas de la vida.