Domingo 27 de mayo del 2012 | 18°
La joven mexicana Bárbara Colio (no tiene cuarenta años) ha construido, con inspiración, humanidad y conocimiento del teatro y de la escritura dramática, una bella pieza que Alberto Ísola acaba de estrenar en el CCPUC. Diríase que la anécdota es banal: un hombre joven desaparece y su gente más cercana lo busca, por un lado, su novia y la madre de esta (junto con una cercana amiga) y, por el otro, sus dos hermanos. Los dos grupos comparten un interés y una angustia, pero sus diferencias hacen que su misión, encontrar al desaparecido, se pierda en tontas o válidas rencillas, triviales desacuerdos y súbitos cariños sin rumbo fijo. Con esta anécdota, Colio nos va revelando verdades llenas de sabiduría, que no por cotidiana resulta menos sorprendente. Y nos va mostrando comportamientos tan reconocibles como novedosos. Su acierto no está tanto en el desarrollo argumental –aunque la historia, por cierto, nos otorga algunas contundentes sorpresas– sino más bien en la naturaleza de sus personajes –lo que hacen y cómo lo hacen, lo que dicen y cómo lo dicen–. Y así, a punta de humanidad y sencillez, cada personaje nos va resultando conocido y novedoso, reconocible e insólito. El humor de la pieza es peculiar, algunas escenas cómicas ocurren frente a un ataúd que contiene un cadáver, y la soltura de la autora para resolver estos y otros contrastes nos hace pensar en su talento y también en la mexicana tradición de diaria convivencia –acaso alegre culto– con la muerte. Para hacer bien esta fascinante y difícil pieza Alberto Ísola –director de directores– necesitaba un elenco de primera y, por supuesto, lo tiene y lo luce. Allí verán a Haydée Cáceres, perfecta como la madre de la novia, compartiendo toda la vida interior y la filosofía personal que el personaje alberga. Verán a Urpi Gibbons, la novia del desaparecido, delineando estupendamente un personaje complejo y seductor. Alejandra Guerra, asombrosamente convincente, les dará la impresión de que se ha pasado la vida haciendo papeles como este, pero no es así. Gonzalo Molina los conmoverá como el hermano, tan lleno de certidumbres como de dudas. Y apreciarán nuevamente a Wendy Vásquez, quien debe recorrer los más lejanos extremos expresivos y una vez más demuestra que es la mejor actriz dramática de su generación. La bien resuelta y versátil escenografía y el impecable vestuario completan una experiencia teatral de altísimo nivel, como resulta natural cuando se trata de tal director y de tal elenco.