Domingo 27 de mayo del 2012 | 18°
"Crecí en un pueblo en el norte del Estado de Nueva York. Mi mamá es norteamericana y mi papá es limeño; llegó a Estados Unidos en los años 50, así que mi casa tenía botellas de pisco y huaquitos y llamitas en los libreros", cuenta Álex Rivera. ¿Dónde aprendió castellano? Algunos dicen que aún no aprendo. A mi papá no le importó mucho que lo aprendiera. Él tenía un acento fuerte y creo que tenía miedo de que yo hablara con acento. Recién aprendí español a los 24 años, cuando me fui a México. Pero sí aprendí el “carajo” de mi papá. Su cine trata, con fuerte dosis política, el tema de la migración. La experiencia de mi papá refleja la de millones de personas que salen de Latinoamérica y van a Estados Unidos. Yo quería entender esa experiencia y compartir unas reflexiones sobre ellas. A lo largo de la vida de un migrante, uno ve el país de origen –puede ser Perú, México o India–, en el Sur, y, luego, el Norte: donde se encuentran con las políticas de trabajo, con el muro, con la globalización. En una sola vida se ve el planeta entero. Para mí, la migración no es solo una pregunta para una película sino un compromiso para la vida, para entender el planeta y sus temas importantes. En Lima, ayuda a entender los procesos migratorios ver a los que llegan de provincias e imaginar que eso mismo viven los peruanos en el extranjero. Aunque yo he crecido en Estados Unidos, entendía que el mundo era más grande. Yo sabía qué era Sendero Luminoso y vivía con el temor de que mi abuela sufriera con eso. Físicamente, mi padre y yo estábamos allá pero, por medio del teléfono, estábamos conectados. En mi imaginación, seguía la historia. Yo he hecho una migración al revés. Mi padre quería que yo fuera totalmente norteamericano, pero mi curiosidad me llevó hacia el sur. Para entender el futuro de Estados Unidos viajé a México, la fuerza más importante que impacta su población. Fui al DF y a la frontera también. Creo que todos vivimos, en algún momento, la experiencia de salir de nuestros hogares e ir a otra ciudad o país o del campo a la urbe. Todos somos migrantes en algún sentido. Por eso creo que la experiencia del migrante es el corazón de la experiencia de todos los seres humanos. En Sleep Dealer usa la ciencia ficción para hablar de la migración ilegal. Este proyecto tardó diez años y uno solo puede sostener algo así cuando viene del amor. A mí me gusta mucho la ciencia ficción –Star Wars, Blade Runner, Minority Report, Brazil– pero eso no basta. En la ciencia ficción, además, imaginamos el futuro y, cuando lo hacemos, pensamos, sin saberlo, en el desarrollo económico. Eso es fascinante: En Blade Runner... Hay una élite corporativa millonaria y multitudes pobrísimas e informales... En Brazil hay una burocracia fuera de control; en Minority Report un control policial total en una economía próspera. Entonces, la ciencia ficción nos permite hablar de economía y de cómo va la sociedad. Pero hay algo más: en todas esas películas nunca se ve el futuro del resto del planeta. Nunca se ve el futuro del Sur. Todos los otros géneros de cine se abordan en el Sur: musicales, policiales, dramas... pero en el futuro hay un hueco. Nunca se ha visto una película futurista desde la perspectiva del Sur. Es un sueño pensar que mi película puede abrir este género. Sleep Dealer es una especie de Matrix en Tijuana. Matrix plantea un mundo en el que los seres humanos somos vegetales viviendo un sueño creado por las máquinas. En su película, para el Tercer Mundo, la 'matrix’ que absorbe la energía de las personas no es una máquina sino el Primer Mundo. Efectivamente. Pensemos en la básica, Star Wars. Esa película usa palabras muy fuertes: imperio, rebelde. Luke Skywalker es un campesino cuya familia es asesinada por un ejército imperial. Él se convierte en un refugiado. Yo veo esa historia muy parecida a la de mucha gente en Latinoamérica, donde han ocurrido asesinatos por ejércitos apoyados incluso por la CIA. Yo quiero darle significado otra vez a la palabra imperio, a la palabra rebelde. No son contenidos vacíos. En Sleep Dealer el trabajador ilegal vive total alienación: se enchufa a la red para convertirse en un aparato y ganar unos centavos. En la película, la tecnología juega dos papeles: por un lado nos aliena pero, a la vez, nos permite reconstruir nuestra humanidad al facilitar que nos encontremos más allá de las fronteras.