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Política | Jue. 08 oct '09
Alboroto en el flanco izquierdo
Isaac Mekler ha renunciado al nacionalismo denunciando una alianza de Humala con Patria Roja y Patria Libre, está última vinculada al MRTA. Dirigentes y militantes del Partido Socialista de Javier Diez Canseco abandonan la casa y buscan cobijarse a la sombra del cura Arana. Se alborota el flanco izquierdo del país mientras un errático Ollanta Humala se aleja de la segunda vuelta y Alberto Pizango cruza los dedos en Nicaragua. ¿Qué sucede con la zurda peruana? Como se dice, no hay nada nuevo bajo el sol. La tragedia se repite en formas de infinitas comedias.
La identidad de la izquierda peruana es la capilla y la excomunión, las dos caras de una misma medalla. Los intereses terrestres se disfrazan de grandes relatos sobre el bien y el mal, y la ruptura se vuelve inevitable.
Cada cierto tiempo, la aparición de un caudillo electoral posterga los empujones y los chavetazos hasta la próxima disidencia. Alfonso Barrantes, en los ochenta, estuvo a punto de ser el nuevo Allende, pero fue desollado por los caciques menores que reclamaban su lugarcito en la historia.
Hoy, Humala está cercado por el “socialismo petrolero” de Venezuela y por sectores de la zurda nativa, y avanza como un bólido hacia el abismo.
El problema de la izquierda es su inclinación por la naftalina y el formol de los dogmas, una tendencia que se disfraza con ciertas lecturas.
Cuando el Muro de Berlín se desplomó remeciendo las tradiciones políticas del siglo XX, los socialistas chilenos, el Partido de los Trabajadores de Lula, los guerrilleros Tupamaros del Uruguay y otras corrientes de la izquierda latinoamericana abrazaron la democracia y el mercado.
Hoy, esos partidos ganan elecciones y transforman sus respectivas sociedades. Los zurdos locales, por el contrario, se afirmaron en Mao, en Lenin, maldijeron al mercado y, luego, reventaron en incontables facciones. Cada cacique o caporal se quedó con su pedacito de partido y la Izquierda Unida, uno de los movimientos de masas más poderosos del siglo pasado, se hizo puré, se volatilizó en el aire.
Si bien es cierto que estas patologías están presentes en todas las organizaciones políticas del país, en la izquierda se extreman, se vuelven dramáticas.
Más allá de que hoy se afirme que las viejas geografías de la diestra y de la siniestra son obsoletas, es evidente que un escenario político sano y vigoroso siempre necesitará de una izquierda moderna y cultivada. Lula continuó con las reformas de Henrique Cardoso, los tupamaros firman acuerdos de libre comercio sin detenerse y los socialistas chilenos, desesperados, promueven la inversión privada para evitar la caída de su PBI.
No obstante, en el Perú, Arana, Ollanta y Pizango se arranchan los favores del socialismo petrolero de Caracas.
La identidad de la izquierda peruana es la capilla y la excomunión, las dos caras de una misma medalla. Los intereses terrestres se disfrazan de grandes relatos sobre el bien y el mal, y la ruptura se vuelve inevitable.
Cada cierto tiempo, la aparición de un caudillo electoral posterga los empujones y los chavetazos hasta la próxima disidencia. Alfonso Barrantes, en los ochenta, estuvo a punto de ser el nuevo Allende, pero fue desollado por los caciques menores que reclamaban su lugarcito en la historia.
Hoy, Humala está cercado por el “socialismo petrolero” de Venezuela y por sectores de la zurda nativa, y avanza como un bólido hacia el abismo.
El problema de la izquierda es su inclinación por la naftalina y el formol de los dogmas, una tendencia que se disfraza con ciertas lecturas.
Cuando el Muro de Berlín se desplomó remeciendo las tradiciones políticas del siglo XX, los socialistas chilenos, el Partido de los Trabajadores de Lula, los guerrilleros Tupamaros del Uruguay y otras corrientes de la izquierda latinoamericana abrazaron la democracia y el mercado.
Hoy, esos partidos ganan elecciones y transforman sus respectivas sociedades. Los zurdos locales, por el contrario, se afirmaron en Mao, en Lenin, maldijeron al mercado y, luego, reventaron en incontables facciones. Cada cacique o caporal se quedó con su pedacito de partido y la Izquierda Unida, uno de los movimientos de masas más poderosos del siglo pasado, se hizo puré, se volatilizó en el aire.
Si bien es cierto que estas patologías están presentes en todas las organizaciones políticas del país, en la izquierda se extreman, se vuelven dramáticas.
Más allá de que hoy se afirme que las viejas geografías de la diestra y de la siniestra son obsoletas, es evidente que un escenario político sano y vigoroso siempre necesitará de una izquierda moderna y cultivada. Lula continuó con las reformas de Henrique Cardoso, los tupamaros firman acuerdos de libre comercio sin detenerse y los socialistas chilenos, desesperados, promueven la inversión privada para evitar la caída de su PBI.
No obstante, en el Perú, Arana, Ollanta y Pizango se arranchan los favores del socialismo petrolero de Caracas.
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