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Ahora hace falta el juicio político

2009/04/05

“Alan García no es la reedición liberal de sí mismo. Es la reedición, bajo formas democráticas, del gen fujimorista”.

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Independientemente del resultado judicial que pasado mañana se conozca, la sociedad peruana tiene frente a sí una tarea histórica aún no emprendida respecto del fujimorismo. Contrariamente a lo que los defensores del ex mandatario señalan, el juicio político a la gestión del susodicho es parte de la agenda pendiente. No ocurrió durante su mandato por las razones conocidas. No solo por el silenciamiento “monetario” de buena parte de los medios de comunicación sino también por el pasmo de la llamada clase política, que no supo responder al embate pragmático que mostraba resultados luego de décadas de acelerado deterioro del país. No ha ocurrido tampoco luego. La caída del fujimorismo fue por implosión. Quizás se deba a ello. Ni su ascenso al poder ni su salida son atribuibles a nadie más que a sí mismo. Si no aparecía el video Kouri-Montesinos, lo más probable es que el hoy juzgado Fujimori hubiese salido de Palacio el año 2005, luego de completar su tercer período. Desierto político. Lo cierto es que, a pesar del tiempo transcurrido, no obstante los vertiginosos cambios globales, el Perú parece seguir atrapado en el 5 de abril de 1992 (que justamente hoy se recuerda), día del autogolpe de Estado, el principal signo distintivo de la década final del siglo pasado. Basta dar una somera revisión a las conductas o planteamientos políticos hoy vigentes y se verá que, con matices o pequeñas divergencias, la mayor parte de nuestra dirigencia política se sigue moviendo bajo las coordenadas de esa época. Hasta el aprismo, supuesto adversario visceral de un régimen que lo acosó, ha terminado por consagrarse a su causa con inusitado entusiasmo. Alan García no es la reedición liberal de sí mismo. Es la reedición, bajo formas democráticas, del gen fujimorista (una más, dicho sea de paso, de las pasmosas muestras de mímesis que el partido de la avenida Alfonso Ugarte ha tenido a lo largo de su existencia con sus enemigos). En la izquierda, por debajo del ropaje estatista de Ollanta Humala, el discurso político que exhibe se rige por idénticos códigos que el fujimorismo: las formas democráticas son accesorias y prescindibles, la fuerza genera derecho, etcétera. En la derecha, el panorama está algo mejor. La presencia de Alejandro Toledo sí marca una clara distancia del proscenio señalado. Pero estrictamente hablando, la derecha es otra. Ni siquiera se expresa políticamente, sino fácticamente. Y en esos lares es donde la propuesta autoritaria es ley. En la mayor parte de nuestra clase empresarial e intelectual de la derecha el fujimorismo es su Carta Magna. La peor impunidad. La desgracia que ello supone para el país es que el “modelo” aplicado en los 90 goza de impunidad. No ha sido rebatido. Por eso escala en situaciones críticas como la actual. Por eso Keiko Fujimori lidera las encuestas. Por eso –sin necesidad de armar portátiles– las tribunas mediáticas que se abren, principalmente en las radios, son desbordadas por adeptos. Sus enemigos creyeron que la persecución judicial lo iba a derrotar. Quizás ingenuamente celebren un fallo severo en las próximas horas. Ni siquiera se dan cuenta de que lo que estamos viendo y veremos, probablemente, en los tiempos venideros, será la resurrección monda y lironda –porque en realidad nunca desapareció y mucho menos ahora que, a su manera, nos sigue gobernando– de una opción política hoy en día más retardataria que nunca. Una vez más, quienes se han propuesto destruirlo lo pretenden hacer mirando de soslayo al creciente bolsón ciudadano popular que lo apoya. Como en la campaña de 1990 y todas las confrontaciones posteriores que hubo, los antifujimoristas no saben cómo combatir ni derrotar a su adversario. Resta aún un trecho importante hasta el 2011, pero nos queda claro que, si las cosas no cambian radicalmente, lo que vamos a observar –fuera de una o dos excepciones– será una competencia de clones. ¿Y así creen que hay motivos para festejar? Habrá mucho pan por rebanar respecto del tema estrictamente penal, sin duda. Sea cual sea la sentencia que se le imponga, la discusión jurídica debe desplegarse. Mucho del pasado y del futuro se pone en juego en el desenlace judicial al que se arribe. Las pasiones encontradas serán inevitables, pero habrá que esforzarse por distinguir razones de emociones. Pero, reiteramos, ella nos parece la tarea menor. Es el juicio político del fujimorismo y, por ende, su superación cualitativa lo que verdaderamente haría historia. Debemos esforzarnos colectivamente –y no será fácil– para que el fujimorismo político deje de ser un tic que domine al país cada vez que pase por un momento de tensión o de zozobra. Esa es la tarea que nos toca por delante.