Domingo 27 de mayo del 2012 | 18°
Las cosas como son: resulta más o menos evidente que todo lo avanzado como país en materia económica, pero sobre todo en recuperación de la democracia (sí, eso también importa), se podría ir al traste en los próximos cinco años. Vamos, no nos engañemos, estamos eligiendo entre la hija de un dictador y un ex militar golpista, y nadie nos puede garantizar, de uno u otro lado, que efectivamente harán gobiernos decentes, apegados a las reglas. Los dos generan dudas y temores: si a Keiko le achacan los crímenes de lesa humanidad cometidos durante el gobierno de su padre, a Humala le sacan al fresco Madre Mía. Si a Keiko le recuerdan el 5 de abril y los múltiples atropellos a la democracia de los noventa, a Humala le enrostran el ‘Andahuaylazo’. Si Keiko tiene que responder por la corrupción vergonzosa del aparato estatal durante el fujimorismo, Humala lo tiene que hacer por sus presuntos vínculos con Chávez y su absurdo plan de gobierno de ideas trasnochadas, y así... ¿Qué debemos hacer entonces? ¿Qué nos toca a los ciudadanos a quienes se nos ofrece este único menú macabro para elegir? ¿De dónde sacamos garantías? Más allá de cuál sea la opción que cada uno tome, pareciera que lo más sensato, en estos momentos en que todavía no le damos el poder a ninguno, es comprometerlos a definirse por la democracia, por el respeto de las libertades individuales, por el absoluto cumplimiento de las leyes establecidas. Ahora es cuando los ciudadanos, la prensa, los que votaron y no votaron por ellos en primera vuelta deberíamos obligarlos a explicar y aclarar cada detalle de su plan de gobierno. Es momento de preguntar, cuestionar, investigar qué es lo que realmente piensan hacer. Sin embargo, vamos a ser sinceros, eso no está ocurriendo. No con ambos candidatos, la verdad, pues pareciera que el único que está en campaña últimamente es Ollanta Humala. A él se le dedican programas completos de televisión, se le entrevista duramente todos los días. Se le expurga el pasado, se cuestiona su presente. Está no solo bajo el reflector de la prensa, sino que se ha visto obligado a jurar que gobernará en democracia frente a un grupo importante de intelectuales y representantes de la sociedad civil que han aceptado el reto de vigilar cada paso que dé su gobierno en caso salga elegido. ¿Eso está mal? A mi criterio, no. Ollanta Humala está recibiendo el tratamiento que debe tener toda persona que quiera aspirar a dirigir los destinos del país, pero que presenta credenciales cuestionables. Lo que me parece insólito, preocupante y vergonzoso es la falta de cuestionamientos que recibe la candidata Keiko Fujimori. Por un lado, está un importante sector de la prensa que la alaba y mira para el costado cuando aparecen denuncias serias en su contra, como la presunta injerencia de Alberto Fujimori en la campaña de su hija. Este periodismo pareciera haber olvidado que un medio puede editorializar indicando cuál candidato le parece más idóneo para dirigir los destinos del país, pero no puede torcer su línea informativa hasta desdibujar la realidad e inducir el voto a partir de ocultamientos. Para ahondar el problema, a esta prensa ‘entusiasta’ me parece que la acompaña un elector también poco cuestionador que ha decidido votar por Keiko porque la consideran el mal menor, pero que no está interesado en exigirle ninguna garantía de que gobernará en democracia o no sacará a su padre de la cárcel. Les basta con saber que los librará de Humala y ya, todo regio. El problema con esta insólita coyuntura es que, repito, más allá de que les creamos o no a los candidatos, los gestos, los cuestionamientos, los compromisos que les exijamos hoy son lo único que podrían asegurarnos un futuro más limpio, más decente, más justo. A Humala se le está exigiendo todo, se le está cuestionando todo. A Keiko se le está dando un papel en blanco, se le está dejando, peligrosamente, la cancha libre. Tan libre como se le dejó a su padre, que dirigió uno de los gobiernos más corruptos y abusivos de nuestra historia con el entusiasmo cómplice de muchos de los que hoy se están acomodando en la tribuna para deshacerse nuevamente en aplausos.