Domingo 27 de mayo del 2012 | 18°
Una familia habrá de estar siempre sometida a una presión psicológica –interna y externa– durante el proceso de evolución de sus miembros. Al poco tiempo de casados, los que se unieron por amor ya no serán los mismos pues el sistema de crecimiento del uno y del otro los habrá cambiado notablemente. Así, los desarrollos y los requerimientos individuales harán que pronto exista una marcada diferencia entre ellos y se vea a las claras que, pese a todo, han tomado distintas rutas de vida bajo el mismo techo. El pretender seguir juntos exigirá una constante adaptación que pueda permitir que, aun con las diferencias surgidas, ambos sigan mirando al mismo norte para conservar el hogar que los cobija. Por ello, frente a este inevitable remolino de transformaciones, el problema ahora no será cómo llevarse bien sino cómo poder seguir juntos, aunque el crecimiento y el cambio del uno respecto al otro los distancie conforme pase el tiempo. Algunas recomendaciones. Lo primero es evitar vivir en estado de estrés pues este aleja la comunicación entre ambos. Alejarse de la familia de origen mientras dure la crisis, pues esta siempre toma posiciones parcializadas. También hay que aceptar que las diferencias existirán toda la vida; por lo tanto, hay que respetarlas. Finalmente, dejar de considerar el tema de los desencuentros como el eje de la conversación en cada minuto que permanecen juntos.