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Una de las mejores obras de nuestra cartelera teatral es Rojo, que es dirigida por Juan Carlos Fisher. Conversamos con Alberto Ísola, su protagonista.

Foto: Rafael Cornejo.
Foto: Rafael Cornejo.

Alberto Ísola,Actor y director
Autor: Gonzalo Pajares.
gpajares@peru21.com

Actor, director y, sobre todo, maestro de varias generaciones de actores y directores peruanos. Estos días, Alberto Ísola protagoniza Rojo, la excelente obra de teatro que se presenta en el teatro La Plaza ISIL (Larcomar, Miraflores). Funciones. De J a Ma, 8 p.m. D, 7 p.m. Entradas: Teleticket.

Dicen que eres nuestro lector teatral más informado…
Si quieres saber algo sobre teatro latinoamericano, europeo y norteamericano hasta los 90, yo soy la persona indicada, pero hoy ya no porque ya leí todo lo que valía la pena. Sucede que ya no tengo tanta curiosidad teatral. Hoy prefiero leer novelas y cuentos pues me distraen más. También sucede que acabo de cumplir 59 años y, con suerte, tendré 20 años más de trabajo. Entonces, debo ser muy selectivo con lo que quiero hacer… y las cosas que quiero hacer ya sé cuáles son.

¿Qué harás?
Primero, me interesa trabajar con directores jóvenes. Rojo, por ejemplo, que dirige Juan Carlos Fisher, es una experiencia muy interesante. Segundo, los textos que quiero hacer como director ya son muchos, y no quiero acumular más (ríe).

¿Cómo es tu relación con nuestros directores jóvenes?
Muy profesional. Nunca me he sentido tratado con pinzas. Todos me han exigido mucho. Lo peor que podía haber pasado es que la reverencia o el respeto impidieran un trabajo verdadero. Si en el teatro se establecen distancias entre las personas, el resultado no es tan interesante. Además, casi todos tenemos la misma manera de trabajar pues todos venimos de la misma fuente: Stanislavski, el TUC, la PUCP, donde el director es un incitador del trabajo de los actores.

Reconoces algo de ti en tus discípulos…
Ellos son mi versión mejorada (risas). Los jóvenes de hoy son más decididos, más profesionales. Nosotros fuimos una generación puente, la primera de universitarios que se profesionalizó. Éramos muy buenos en muchas cosas, pero muy malos en otras, por ejemplo, como productores. Éramos más colectivos, nos avergonzaba hablar de nosotros mismos, nos preocupábamos más en lo que queríamos decir que en crear las condiciones para que la gente nos viese y escuchase.

Alonso Alegría me dijo que arte siempre hubo…
Así es. Siempre se ha hecho muy buen teatro. Me molestan expresiones del tipo “ahora sí hay teatro en Lima”. Perdón, siempre lo hubo.

¿Hay un boom?
Esa es una palabra que no me gusta. Hubo un momento, que ya está pasando, donde aparentemente hubo un boom. Fue muy bueno, pero el público sigue siendo inconstante. Podremos hablar de boom cuando haya un público mayoritario, que asista a todo.

Actúas, diriges, eres un buen lector. ¿Te faltó escribir?
No me gusta escribir teatro porque siento que ya hay demasiadas obras buenas, no siento que tenga algo nuevo que aportar. Me acabo de graduar como Licenciado en Comunicaciones por la PUCP. Estudié en dos escuelas europeas muy buenas, pero aquí no tenían valor universitario. Bueno, mi tesis es un libro sobre el teatro peruano, una mirada sobre algunos dramaturgos de la República, desde Felipe Pardo y Aliaga hasta Sebastián Salazar Bondy.

¿Reconoces una tradición teatral peruana?
Va y viene. El costumbrismo es una línea que siempre ha estado, solo que hoy está en la televisión. Al fondo hay sitio es un ejemplo de costumbrismo.

¿Te preocupa el país?
Decidí regresar al país en un momento difícil, me quedé en sus peores años porque me gusta estar aquí y ser parte de lo que está pasando. Hay cosas que me preo-cupan, pero nunca he pensado en la posibilidad de irme. Siempre quiero que la cosa mejore, pero no soy un optimista total.

Protagonizas Rojo, que habla sobre el arte y la relación maestro-discípulo, algo que vives todos los días…
Aunque nos parecemos físicamente, Mark Rothko (pintor lituano radicado en EE.UU., en quien se inspira la obra) y yo somos muy diferentes, no ha sido fácil asumir sus posiciones. Rothko se sentía frágil, tenía muchísimo miedo. Él era un pintor, cuya actividad es solitaria. En cambio, el teatro es una tarea colectiva. Otra diferencia entre ambos es que, ante lo nuevo, actuamos de forma distinta: no conozco el miedo a lo nuevo. Igual, lo admiro profundamente.

¿Cómo es representar a alguien que existió?
Con Rothko tuve una enorme fortuna pues primero conocí su pintura. Tengo una hermana en Houston, y allí está la Capilla Rothko, que es una de sus últimas obras. En el 90 fui a verla sin saber nada de él. Entré al lugar y me quedé atrapado por lo que vi. Durante dos horas me tomó el corazón. Por eso, entiendo lo que Rothko dice en la obra porque yo lo he sentido. Para mí, Rojo ha sido un regalo.

AUTOFICHA

- Mi generación elaboró un teatro más colectivo. Además, hacíamos de todo: la escenografía, el vestuario, pegábamos los afiches, distribuíamos las notas de prensa.

- Los jóvenes de hoy son más decididos. Nosotros éramos muy buenos, pero nos avergonzaba hablar de nosotros mismos.

- Soy profesor de la PUCP. No es que no me importe que no sea ni ‘Pontificia’ ni ‘Católica’ pero, por mantener su libertad, asumiría el costo de perder ambas condiciones.

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