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La noticia tarda

Domingo 12 de febrero del 2012 | 12:08

Hoy se viene a descubrir los indignantes abusos del Hogar Santa María pero pocos recuerdan que esa noticia tiene, por lo menos, 22 años de antigüedad.

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Beto Ortiz,Pandemonio
bortiz@peru21.com

Agosto de 1990. Carlitos e Igor abren el diario “Ojo” y se ven retratados en la página central. Allí están. Les han puesto una banda negra sobre los ojos. Para proteger su identidad, dicen. Los niños no deben salir en los periódicos, dicen. Y mucho menos cuando son victimizados. Parecen un par de mapaches, un par de chicos malos de Rico Mc Pato con ese antifaz pero ellos saben que esos dos pequeños son ellos y se tocan de nervios, verse allí les produce un estallido de traviesas carcajadas. Pero la noticia de la que son inocentes protagonistas es infame y sublevante. Se ha denunciado por abuso sexual a las autoridades del albergue en que sus propios padres, atenazados por la miseria, los internaron. La prensa –venciendo grandes presiones– investiga, busca testimonios y pruebas de que el Hogar Santa María guarece entre sus muros, disfrazados de buenos samaritanos, a unos miserables dedicados a la violación sistemática de menores varones provenientes de familias en extrema pobreza. El principal acusado es Luis Gastelumendi Angeles, presidente de la así llamada Sociedad Apostólica Santa María que de apostólica no tiene nada pues carece de vínculos con iglesia alguna. Un grupo de valientes abogadas feministas ha escuchado el clamor de la madre de una de las víctimas y se ha hecho cargo inmediatamente del caso. Pero en el Estado no se observa ninguna reacción, el Ministerio de la Mujer aún no existe, el concepto “inclusión social” no ha sido inventado todavía, el Inabif se revuelve en un pantano de burocracia y abandono, el Congreso se la rasca y el Poder Judicial silba y mira hacia otra parte. Entre las abogadas feministas hay una muy landosa y combativa. Ella –que ni en sus más audaces fantasías se imagina que será congresista algún día– se llama Rosa Mavila y ha citado en su oficina a un periodista mocoso que –como le sucederá tantas veces a lo largo de su carrera futura– pagará muy caro por meter las narices en lo que no le incumbe. Rosita no lo sabe pero el tema que está a punto de explicarle, con papeles en mano, le significará a ese reportero novato su primera y traumática censura y lo hará perder el primer trabajo remunerado de su vida, su amada chamba de cronista de suplemento dominical.

Febrero de 2012. Carlitos e Igor ya son adultos casados y acaso están viendo la tele con sus hijos. De pronto, una noticia del informativo de las diez les eriza los pelos: un niño ha sido violado en el Hogar Santa María. El informe muestra la imagen de un muchacho sin camisa, a priori un pandillero, un supuesto malhechor al que presentan como el culpable. “Yo soy choro, no soy mostro” –se defiende pero igual tiene look de malandro y se va preso. Una borrasca de malos recuerdos tortura las mentes de Carlos e Igor cuando vuelven a ver en la pantalla, como si fuera un espectro del pasado, al mismo Luis Gastelumendi Angeles que ambos conocen tan de cerca. Sin asomo de preocupación en el rostro, el huidizo Gastelumendi declara que “ya todo está en manos de la policía”, que el niño violado “está bien”, (¿?), dicho lo cual emprende rauda carrera en su camioneta y adiós. Los colegas están tan entretenidos con el chivo expiatorio de turno que no le prestan demasiada atención a este anciano con pinta de curita y sin más preguntas, lo dejan ir. Las autoridades también. En sus casas, Carlos e Igor seguramente sienten rabia, sienten ganas de volver a declarar. Pero si no los escucharon entonces, ¿por qué tendrían que hacerlo ahora? Veintidós años después, nada ha cambiado en el Hogar Santa María. Veintidós años.

Es 1990 y Alberto Fujimori ya ha asumido la presidencia que le arrebatara a Mario Vargas Llosa con no poca ayudita del diario Página Libre que dirige una leyenda: Guillermo Thorndike, el papá de Augusto. En las páginas de aquel inolvidable matutino progre, editorializa el latin lover Diego García Sayán y el latin brother Eloy Jáuregui ataranta al lector con sus acrobacias de estilo, el espigado surfer Phillip Butters fatiga estadios como redactor de deportes y un siempre bronceado Rafo León escribe la Falsa Calumnia que ilustra un colegial imberbe de La Inmaculada: el mismo Andres Edery que hoy, treintón, ilustra esta columna. Sentado frente a un monitor enorme como un frigobar, me he amanecido escribiendo el resultado de varias semanas de pesquisas en torno al Hogar Santa María. Lo he visitado muchas veces acompañado del fotógrafo Sengo Pérez que ha retratado de espaldas a los chicos cuyos testimonios son la columna vertebral de nuestra denuncia periodística. Converso durante horas con otra brillante y guapa abogada que ha decidido llevar este caso hasta las últimas consecuencias: la doctora Isabel Rosas de Demus que hasta escribe artículos en revistas cuando, finalmente, una fiscal decide someter a exámenes médico-legistas a un grupo de 18 niños elegidos al azar y resulta que 12 de ellos habían sido abusados. Mi escritorio es un hervidero de expedientes, certificados, atestados y demás documentos probatorios. Al ver todo esto, Kike Sánchez Hernani, mi editor me dice que será el tema de portada del suplemento, lo que en el argot se conoce como la “nota abridora” y le asigna nada menos que seis páginas que quedan chicas para contar tan siniestra historia. El viernes, día de cierre de edición, en lo que antiguamente se llamaba diagramación y fotomontaje, reviso las pruebas de página cuidando que las leyendas de las fotos sean las correctas, corrijo por última vez las galeras de texto que acaban de ser fijadas con pegamento industrial en el machote, contemplo orgulloso mi reportaje en el fotolito de la portada y me voy a casa con varias noches en vela a cuestas y también una sonrisa. Pero ese domingo ocurre lo inimaginable: aparece una foto de Marylin Monroe en la tapa. Esto no puede estar sucediendo. Parado ante el quiosco hojeo, nervioso, el suplemento de arriba a abajo pero mi informe no está por ningún lado. Siendo como soy, un jovenzuelo idealista, siento que el mundo se me viene abajo. Vuelo a la redacción del diario y, al no encontrar ninguna explicación, renuncio a los gritos, entre iracundo y lacrimoso. Me llevo de recuerdo mis originales inéditos, (que en alguna caja de mudanza han de estar todavía). Como ocurre en cada nueva censura, comparto mi información con otros periodistas que sí puedan publicarla. Pero la furia y la frustración estaban lejos de menguar pues pronto me enteraría de la verdadera razón por la cual mi informe había sido vetado. Resulta que mi viejo profesor de derecho penal, José Santos Chichizola era el abogado defensor del principal acusado Luis Gastelumendi. Como todos recordarán, Santos Chichizola había sido el juez del caso Banchero y como Guillermo Thorndike había investigado aquel crimen para escribir su famoso y espléndido libro, se habían hecho grandes amigos. La prodigiosa labia de Santos Chichizola, supongo, fue suficiente para persuadir a aquel oso mayor que era mi director de arrojar toda mi investigación al tacho de basura. Mi inocencia periodística había llegado a su final definitivo.

Es febrero del 2012 y ahora soy director de un noticiero. Y como también puedo leer el teleprompter decido que, veintidós años después de haberla investigado en vano, es justo y necesario narrar esta vieja noticia nueva para que la escuche todo el país. Son las 7 y 35 de la mañana y estamos de vuelta en “Abre los Ojos”: Clausuraron el Hogar Santa María, por fin. La noticia tarda, pero llega.

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