Además:

La mujer que llora

Lunes 23 de enero del 2012 | 12:07

Compartir
Valorar:
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5

Jaime Bayly, La columna de Jaime Bayly
Salimos del cine, es pasada la medianoche, hemos visto un bodrio, aun si la película es mala me hace bien ir al cine, me despeja la cabeza. La noche está fresca, tomamos un par de tragos, yo no puedo tomar alcohol, el hígado no me deja, tomo jugo de naranja. Caminando hacia el auto, veo una bodega que parece abierta, está iluminada por dentro. Vamos a curiosear, le digo. La bodega parecía abierta pero está cerrada. Volvemos sobre nuestros pasos. Nos cruzamos con una mujer joven, delgada, con minifalda corta y tacos. Está sola, nos mira intensamente. Unos segundos después, mientras nos alejamos de ella, pregunta:

–¿Ustedes son de acá?

Lo ha preguntado en inglés, con una voz débil, asustada. Nos detenemos, la miro, parece que está en problemas, le digo:

–Sí, somos de acá.

No es verdad, claro, nadie es realmente de acá o de allá, todos estamos de paso, pero por el momento estamos acá. La mujer tiene un pequeño tatuaje en el cuello y otro en una pierna. Es blanca, muy blanca, como si estuviera pálida, enferma, con frío, tiene un aspecto que no parece saludable, el pelo es oscuro, no muy largo, algo ensortijado. No está maquillada y sin embargo, o por eso mismo, es atractiva. Lleva una cartera pequeña que sujeta como si tuviera miedo.

–Estoy perdida –dice.

Ciertamente parece estarlo, en su mirada uno puede advertir que algo malo le está pasando, que no está cómoda en ese cuerpo frágil, tembloroso, que no sabe adónde ir o sabe adónde irá y no quiere ir a ese lugar.

–¿Adónde quieres ir? –pregunta Silvia.
–No sé –dice ella y parece que en cualquier momento va a romper a llorar–. Soy de Las Vegas. No soy de acá. Estoy perdida.

Quizá está mintiendo, quizá es prostituta y quiere venir con nosotros, está vestida como prostituta y está parada sola en una esquina como prostituta pero esa mirada tímida, ensimismada, quebradiza, no parece la de una prostituta.

–¿Qué podemos hacer por ti? –le pregunto.
–Nada, nada –dice ella, y mueve la cabeza, contrariada, abatida, como si algo malo acabase de ocurrirle y no se atreviese a contárnoslo.
–Queremos ayudarte –le dice Silvia–. Por favor dinos qué necesitas.
–¿Tienes hambre? –le pregunto–. ¿Quieres ir a comer algo?

Nos mira como si no decidiera si puede confiar en nosotros, le miro las manos, veo que juega con ellas nerviosamente, entrelazándolas, moviendo los dedos, haciendo crujir sus huesos, me parece que tiene marcas en los brazos, seguramente se pincha para drogarse, puede estar drogada, muchos en estas calles andan drogados, cayéndose.

–No sé adónde ir –dice ella–. Mi novio me trajo de Las Vegas y me ha dejado.
Enseguida rompe a llorar, es un llanto reprimido, avergonzado, no se abandona a llorar, intenta ocultarlo, se cubre el rostro con las manos, no es una simulación, está llorando de veras, está sinceramente afectada, consternada.
–Por favor no llores –le digo y me acerco a ella.
–Dinos qué necesitas –le dice Silvia.
–No sé qué hacer, no sé qué hacer –dice ella y nos mira con desesperación, como si estuviera en peligro, como si quisiera escapar de ese esquina desalmada.
–¿Dónde vas a dormir esta noche? –le pregunto.
Silvia me mira diciéndome ten cuidado, no seas imprudente, tampoco podemos confiar tanto en ella.
–No tengo adónde ir –dice ella, y vuelve a llorar y recuerdo que en la película alguien dijo que los humanos somos los únicos animales que lloramos con lágrimas.
Me acerco a ella, acaricio levemente su brazo, cubierto por una chaqueta de cuero negra, y le digo:
–¿Quieres ir a un hotel?
Me mira, asustada.
–Si quieres, te llevamos a un hotel, pagamos la noche y nos vamos –le digo.
–No quiero ir a un hotel –dice ella, cortante, y da un paso, alejándose de nosotros.
–No queremos tener sexo contigo –le digo–. Solo queremos ayudarte.
Pero ella me mira como si no me creyera.
–No te ofendas –le dice Silvia.
–¿Necesitas plata? –le pregunto.
Saco mi billetera, le extiendo un billete, ella hace un gesto de fastidio, al parecer humillada, y dice:
–No quiero dinero, no quiero ese dinero.
Insisto, le acerco el billete, lo meto entre sus dedos suavemente.
–Anda a comer algo –le digo–. Llorar es inútil, no arregla nada.
–¿Quieres que te llevemos a comer algo? –pregunta Silvia.

La mujer me devuelve el billete, extiende el brazo, veo las marcas de los pinchazos.

–No seas tonta, es tuyo, guárdalo por favor –le digo.

Ella mira el dinero, me mira malherida y vuelve a llorar. Tiene un rostro suave, delicado, ojeroso, los labios fruncidos, las lágrimas que no cesan de caer, escondiendo unos secretos que tal vez no nos serán revelados. Como me resisto a recibir el billete, lo deja caer, cae en la vereda, ella me mira como diciéndome estoy mal pero tengo dignidad, no soy una prostituta, no te confundas. Veo que Silvia me dice mejor nos vamos, no te enredes más, esto no lleva a nada bueno. Pero no quiero dejar a esa mujer llorando en una esquina, perdida, no sin hacer un último intento.

–Déjame abrazarte –le digo, y me acerco a ella y la abrazo con cuidado, como si fuera a romperse, como si estuviera rota y fuese a caérseme en pedazos.

Ella no me abraza pero permite que la abrace, siento su espalda temblorosa, su respiración entrecortada. Le digo:

–Tranquila, todo va a estar bien.

Ella dice:

–No soy una prostituta. Sé que lo parezco pero no lo soy. No quiero tener sexo con ustedes, no quiero dinero, solo quiero irme a casa.
–¿Dónde está tu casa? –le pregunta Silvia.
–En Las Vegas –dice ella, y yo dejo de abrazarla y la miro y no sé si creerle, a ratos le creo, sobre todo cuando llora, y luego siento que está mintiendo, que nos está envolviendo en un embuste, tendiéndonos una emboscada, veo a un hombre más allá, pienso en cualquier momento nos saltará encima y nos robará todo.
–A Las Vegas no puedes volver esta noche –le digo–. Vamos a un hotel, te dejaremos en un buen hotel, dormirás en un lugar seguro y mañana te sentirás mejor.
–No quiero ir a un hotel –dice ella y me mira levemente molesta, como diciéndome ya te lo dije, no insistas, no seas pesado, y no entiendo qué es lo que quiere esa mujer, tal vez solo quería llorar, hablarnos, dejarse abrazar, quizá quería compartir con nosotros que se siente desgraciada.
–Todo bien, nos vamos –le digo y me acerco a Silvia.
–¿Vas a estar bien? –le pregunta Silvia.
–Sí, voy a estar bien –dice ella, secándose las lágrimas.
–Suerte –le digo, y nos vamos caminando.
–Evidentemente es una prostituta –me dice Silvia, que camina más rápidamente que yo, ella siempre camina más deprisa que yo.
–Sí, eso parece –digo–. Pero es una prostituta arrepentida, infeliz, con culpa, una prostituta que llora. No tiene futuro como prostituta.
–No entiendo qué quería –dice Silvia.
–Yo tampoco. Si estaba perdida, debería haber venido con nosotros.

Entonces me detengo, volteo a mirarla y la veo agachándose deprisa, recogiendo el billete, caminando resueltamente y entrando a un auto de lujo en el que la espera un hombre solo.

  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
24 personas valoraron esta noticia