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La muerte, bien se sabe, mejora curiosamente a los muertos. Nada hacen los muertos, salvo morirse, para adquirir un cierto prestigio que antes les era esquivo, para ser añorados o evocados con afecto, para exagerar sus virtudes y escamotear sus defectos.

Por: Jaime Bayly, La columna de Jaime Bayly
Nada hacen los muertos porque nada pueden hacer o nada quieren hacer, los muertos se mueren y somos los vivos quienes hacemos con ellos lo que nos da la gana, lo que nos conviene, lo que suaviza la aspereza de seguir vivos. Los que nos quedamos vivos generalmente lamentamos que los muertos se hayan muerto y no tengan por lo visto ninguna intención de dejar de estar muertos. Lloramos a nuestros muertos, los echamos de menos, imaginamos que la vida sería mejor o más completa si no estuvieran muertos, si todavía estuvieran con nosotros. Sin embargo, cuando los muertos aún estaban vivos no siempre nos desvivíamos para verlos, tal vez hacíamos todo lo posible para no verlos, su presencia nos resultaba un engorro, un fastidio, un lastre, hacíamos todo cuanto podíamos para evitarlos, para no verlos, para evadirlos, nos parecía que la vida era mucho peor cuando por desdicha estábamos con ellos, los que todavía estaban vivos. Desde luego no pensábamos, o casi nunca pensábamos, que era mejor para nosotros que esos vivos irritantes acabaran de morirse y nos aliviaran de ese modo el arduo oficio de seguir vivos. A tanto no llegábamos, claro está: no era que queríamos que se muriesen, solo queríamos que no existiesen en nuestras vidas, que hicieran sus vidas misérrimas alejados de la nuestra, como si fueran una mancha, una sustancia espesa, tóxica, contaminante, como si el trato con ellos, los vivos incómodos, nos recordase una y otra vez que todo era peor con ellos o por culpa de ellos, que no había manera de entendernos, que ellos tenían que irse por su lado y nosotros buscar un camino distante y separado de ellos. Parecía entonces que habíamos llegado a la razonable conclusión de que esas personas, los vivos fastidiosos, los vivos latosos, los vivos cargosos o cargantes, eran incompatibles con nosotros y que por mucho que lo intentáramos no encontraríamos la manera de ver algo bueno en ellas, porque era lo malo lo que a nuestros ojos prevalecía de aquellas personas, era lo malo lo que nos agriaba la existencia. En cierto modo nos resultaba inconveniente o indeseable que esos vivos siguieran pertinazmente vivos, o al menos nos contrariaba que se empeñaran en vivir cerca de nosotros, confundidos con nosotros, entrometiéndose en nuestras vidas. A esa triste e irrebatible certeza parecíamos haber llegado: estamos mejor sin ellos, nos conviene su ausencia, no debemos entreverarnos con ellos, lo prudente es replegarnos, ensimismarnos, hacerlos prescindibles. Y luego resulta que esos vivos cuya ausencia cultivábamos con esmero deciden ausentarse del todo y para siempre, sin más remedio, muriéndose de súbito o no tan abruptamente, muriéndose al fin y al cabo. Y ahora que los vivos de los que huíamos como quien huye de la peste nos han hecho el favor de ausentarse por completo, ahorrándonos el esfuerzo de escapar de ellos y de recurrir a mentiras o desaires para evadirlos, ahora que están muertos resulta que los recordamos de un modo enternecedor, deploramos no haber pasado más tiempo con ellos, nos parece que fue culpa nuestra y no de ellos que las cosas no fueran todo lo felices que debieron ser, pensamos que algo hicimos mal para no ver lo bueno que había en ellos, los que no queríamos que estuviesen y en efecto ya no están, y ahora que ya no están pensamos que sería mejor que estuviesen, porque hubo algo que debimos decirles y no les dijimos, hubo un abrazo fallido que quisiéramos haberles dado y quedó trunco, en el aire. Los muertos suelen ser personas encantadoras. Los muertos rara vez tienen enemigos. Los muertos son prudentes, atinados, un dechado de virtudes, gente tan simpática que nos parece injusto y vicioso que se haya muerto, siendo que ahora tantos los echamos de menos, tantos sentimos su hondo vacío, aquella pérdida irreparable. Los muertos hicieron bien en morirse, porque cuando estaban vivos eran bastante insoportables y ahora son del todo estimables. Morirse no carece de mérito, es lo que conviene, sirve por lo pronto para ganar amigos. Ya se fue, no volverá, es la nada, apenas un recuerdo borroso, leve, difuminado por el tiempo, el muerto está bien muerto y son pocos los que se enojan con el destino por haberse llevado al muerto de esa particular y encarnizada manera, que aunque nos resulte desconcertante o dolorosa acaba por parecernos la manera correcta, la manera única y definitiva como esa persona debía morir, tal era su suerte, tal su cita aciaga con el destino. Y ahora que deberíamos aliviarnos de que los muertos ya se han marchado y no volverán, sin embargo pensamos que no sería justo que cesen de existir por completo, imaginamos que los pobrecitos no merecen estar tan muertos, les deseamos una vida eterna, los soñamos en un lugar mejor, allá arriba, entre ángeles, rodeados de la bondad infinita, sonriéndonos con una dulzura y una compasión que tanto echábamos de menos cuando nos miraban con el gesto adusto y los ojos turbios en aquellos días espesos en que todavía podían sonreírnos y preferían clavarnos una mirada plúmbea, pesarosa. Aun si nos habíamos llevado fatal con tal o cual persona, es infrecuente que pensemos: menos mal que se murió, ojalá que fulano esté muerto y bien muerto, si hay otra vida espero no tener la desgracia de encontrármelo, porque ya me estropeó bastante esta vida como para que me eche a perder también la otra. Pues no, los que vamos quedando vivos tenemos la extraña costumbre de idealizar a nuestros muertos, dotarlos de unas cualidades ficticias, lamentarnos por no haber gozado como correspondía de sus incomprendidas compañías, conversar con ellos, decirles cosas bonitas, cursilonas, sensibleras, decirles por ejemplo cuánto los extrañamos, cuánto quisiéramos verlos de nuevo, con qué impaciencia esperamos el ansiado reencuentro en el más allá. Es decir que cuando estaban vivos queríamos que se fuesen con sus vidas a otra parte, por ejemplo que tuviesen el buen gusto de morirse, y ahora que están muertos necesitamos inventarnos que están vivos, fabular que son felices, urdir la ficción tan humana de que el muerto nos extraña, anda siempre pendiente de nosotros y nos sonríe, extasiado.

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